Del Carrusel y otras tonterías

Del Carrusel y otras tonterías

Colombia es un país de eufemismos. Es una tragicomedia que se representa bajo los telones de la ignorancia y la estupidez colectiva, generada por algunos medios que hacen de presentadores de circo que con megáfono en mano, van soltando lo que se supondría serían verdades y que a la larga son chistes grotescos de una realidad distorsionada.

Es que las cifras del DANE dicen…que el ex presidente dijo en su twiter…que Obama…que Falcao hizo…que El mozo de… en fin un montón de vainas que a larga no son más que un conjunto de superficialidades. Pero, y la realidad que nos toca padecer, esa realidad que nos araña los ojos cada día, ¿dónde carajos está?

Ahora bien,  cuando atinan a denunciar algún hecho contundente, de esos que a uno como colombiano le hace hervir la sangre, ponerse pálido de la piedra y soltar uno que otro madrazo, lo bautizan con nombres ridículos o llevados al colmo, hasta bonitos y amigables.

No nos digamos mentiras, hay que llamar las cosas como son. ¿Cómo es posible que un atraco tan gigantesco como el de los Nule  se pueda llamar “carrusel”? Un carrusel es algo divertido, que remembra momentos en familia, que evoca la nostalgia de ser niño, lejos está de ser asociado con el hecho aberrante de robarse miles de millones de pesos que salen de los bolsillos de los contribuyentes. Eso ni de fundas es divertido ni gracioso, ¿o es qué  usted amigo lector, se poposea de la risa cuando un ladrón lo baja de celular y plata?

Otro término amigable que disfraza un hecho todavía más penoso y macabro que el del carrusel de las contrataciones es el de los falsos positivos. Es que asesinato, brutalidad, crimen de lesa humanidad, desaparición forzada, son palabras ¡tan feas! y asociadas a nuestra gloriosa fuerza pública, eso, sencillamente, no puede ser. Entonces es ahí donde aparece el comunicador con ínfulas de publicista y se inventa nombres bonitos, agradables, mejor dicho, que uno pueda decir sin que le quede un mal sabor de boca.

Dirijamos ahora nuestro ojo hacia nuestra amada alcurnia política. Servidores incansables de la comunidad, abanderados de la honestidad y las buenas conductas, seres inmaculados llenos de bondad y por cuyas cabezas no se cruzan  malos pensamientos, ni la codicia, ni los desmanes de poder. Mártires atormentados por los placeres de la carne…eso serían, sí sus discursos de campaña fueran ciertos y toda esa diarrea discursiva no se quedara en el papel.

Como mártires que son, cómo osar llamarlos ladrones, mentirosos, torcidos, narcos, mercenarios… ¡no, no, no, eso no tiene ninguna presentación! Para eso existen vocablos más sutiles, que no maltratan la imagen de los padres de la patria.

Hagamos memoria, cuándo hemos escuchado en un medio, de esos masivos, con presentadoras de plástico que les vale lo mismo presentar una masacre seguida de una nota tan importante como que una cacatúa baila al ritmo de Shakira; que algún político se robó algo en alguna parte. No, hablan de peculado (que suena elegante y hasta da ganas de peculiar) o de presuntas irregularidades, de carruseles y otras tonterías.

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