Del Petronio al pecado

Del Petronio al pecado

Lina Álvarez

Lina Álvarez

Un olor extraño inunda la calle. Uno, no, muchos. Un 4 y un 9 marcan la parada esta noche; una calle y una carrera que más que números son música, gente, ritmo, vicio, peligro y por qué no, libertad. Por algo le llaman: La calle del pecado

– “Soy dulce, pero en inglés me dicen Candy”

Lo grita a más de 4 vientos, ésta es la segunda noche de las tres que vendrán. Es jueves y Candy lo sabe, su cuerpo lo sabe. Sus carnes se mueven al compás del tambor, la guasa, el clarinete y el cununo. Del mundo la separa “la noche” y del piso más de 15 cm de altura. Sus tacones son de un fucsia estridente, al igual que su vestido. A no ser por su voz, pasa por mujer.

Candyes sólo uno de los tantos travestis que adornan la calle, hacen parte de ella. La carrera cuarta con calle novena los 360 días restantes al Festival Petronio Álvarez es conocida como La Calle del Pecado, foco de la prostitución gay de Cali. Gigolós, prostitutos y travestis conviven en su zona pecando día a día.

“Es una tradición”, dice un policía que por primera vez cubre la zona. Una noche de la que no sabe qué esperar.

Definitivamente, es una tradición que año tras año ha hecho eco en la cabeza de diferentes generaciones. Anteriormente, cuando el Festival se realizaba en el Teatro al Aire Libre Los Cristales, los músicos se alojaban en el Hotel Camino Real y en el Hotel Los Reyes, ambos ubicados en la misma cuadra. Después de sus presentaciones, en procesión a ritmo pacífico, continuaban la fiesta y terminaban en ésa calle destinada a rematar, a pecar.

Y es que en la Calle del Pecado se mata y se re-mata. Las penas se hacen livianas, las sonrisas flotan, algunos ceños se fruncen y los ojos no se cansan de mirar.“Aquí hay que estar es pilas pelados”, cuenta Adrian; como él mismo se denomina, “una de las tantas ratas”, que terminan pecando acá.

Es una calle, pero no una simple. De esquina a esquina el ambiente cambia, la atmosfera también lo hace. O muy pesada o muy liviana, como se quiera tomar. Un “aquí se hace lo que me da la gana”es un voz a voz que se repite en cada rincón del lugar.

John Urán, reconocido diseñador caleño, compara ésta mezcolanza de colores, olores, ritmos y sabores con Europa, “es un mezcla de cosas, una mezcla de clases, aquí se ve de todo”. Afirmación que no está nada lejos de la realidad, si usted quiere conocer la otra cara del Petronio, debe irse a rematar.

El ritmo se mueve, la música camina. El currulao, el bunde y el abozao hacen de esa cuadra un escenario. Primero aquí y luego allá; la multitud se desplaza hacia dónde va la música, se dejan llevar.

Negros, mestizos, blancos, colorados, y hasta amarillos pintan el lugar, aquí la etnia pasa a un segundo plano, “aquí lo que venimos es a gozar”, repiten.

Las barreras invisibles que dividen las clases sociales se derrumban en el mismo instante que la calenturacomienza. “Calentura pa’ aquí ¡eh!”, dice el negro, “Calentura pa’ allá ¡ah!”, responde el gringo.La euforia sube, la temperatura revienta, la energía se siente y con un grito alegre, retumba todo.

El viche, el tumbacatre, el arrechón y el siete polvos no se quedan por fuera. El pacífico no sólo se prueba, también se vive y se siente.

Son las 3 am y la patrulla 24-1559 llega al lugar. Es hora de irse, no más remate por hoy.  Hay que descansar.

Algunos se rehúsan, esta vez siguen la fiesta es por las demás calles de la ciudad. “Que no muera el paso” corean mientras caminan, bailan y siguen “Petroneando” hasta la colina de San Antonio, son más de 20. Poco a poco se dispersan. El sol sale y son sólo un murmullo ya.

Es un hecho, Petronio sabe pecar.

Lina Álvarez
lina.alvarez7@hotmail.com

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