El inevitable Andrés Caicedo

El inevitable Andrés Caicedo

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Ilustración por Cristhian Ramírez, Portada diseñada para la revista MusicMachine. Todos los derechos reservados.

La calidad de un libro depende de su “prolongación” en el tiempo, si una novela es buena, si se dedica a verbalizar la realidad o a entretenerla o a tergiversarla, la relectura de la misma estará cargada de ignotos aspectos que no fueron deslindados en su primera lectura. Puede uno leer, releer y volver a releer ese estado de insania y esquizofrenia de Raskólnikov y seguirá encontrando nuevas cosas; la perfidia de Bruto y la ingenuidad de Julio César siguen siendo una muestra de un ardid político: el fin justica los medios; las sinceras historias de Shereza de y las muy pensadas palabras del Quijote, la sabiduría del padre Brown, la tristeza de Madame Bovary y del joven Werther, en fin, sin ambages pero con retórica lo dijo Heráclito: uno no se baña en las aguas del mismo río dos veces.

En la literatura sucede algo paradójico y cínicamente bello, así como la relectura de un buen texto puede enriquecer la perspectiva que se tenía frente a la historia, también puede suceder lo contrario: que en ese ejercicio de volver a leer se descubra que aquel texto que tanto nos gustó termine desdibujado por lo que un amigo me dice que es el nivel estético, ese que va aumentando a medida que se robustecen las lecturas, y que hace que el lector se vuelva exigente y raye en los libros problemas en la sintaxis, en la ortografía, en el argumento, en la urdimbre de la historia, y de repente el libro, el poema, la película que tanto citábamos con orgullo no nos parece tan buena, y el poema de Sabines queda bajo el manto de Borges, y hasta (en un prisma soberbio y vacuo) se hace mamerto el cine de Kubrick, y Angelitos Empantanados, El Atravesado y ¡Que viva la música! (alguien me podría decir por qué no lleva tilde en la E) son un bonito recuerdo del pasado, porque me gusta recordar que me gustaba –ya no me gusta pero yo prefiero el recuerdo– leer a Andrés Caicedo.

Es que luego de La ciudad y los Perros, de quedarse impresionado por la incertidumbre de la muerte del cadete Arana y la sinceridad del Jaguar?, luego de jugar a que existe Morelli y que Oliveira es un intelectual que desprecia a La Maga, resulta muy difícil creerse la historia de Angelita y Miguel Ángel, del miserable Ricardito y María del Carmen. No hay un canon para la verosimilitud, pero sí elementos que permiten hacer que esta emerja –detalles, diálogos, anécdotas… – esos elementos no aparecen con fuerza en las obras de Caicedo. Y sus lectores, con sobrada razón, dirán: ¿Y qué?: ¡a mí me gusta! Lo cual viene siendo válido porque aunque alguien dijo Dime qué lees y te diré quién eres, la escogencia de los libros por leer es –al igual que la literatura– una arbitrariedad, y en esa arbitrariedad, o en esa libertad, reside la belleza del arte.

Y al margen de lo dicho atrás, creo que a Caicedo hay que transitarlo: en sus historias hay, mal que bien, un reflejo de una ciudad que no estaba acostumbrada a este tipo de literatura; un mundo de jóvenes que deambulan la calle Sexta, que los seducen las drogas, que les gusta la salsa de Bobby Cruz y los bajos de Los Rolling Stones. No sé –no Valverde, no me interesa saberlo– si Bomba Camará, fue antes o después de la obra de Caicedo, de ahí que no me atreva a afirmar que fue Caicedo el impulsor –al menos en Cali– de la novela urbana.

Ahora que me acuerdo, Alberto Fuguet se encargó de hacer un libro en el que por medio de cartas se recopila la biografía del joven escriba, dicen los que saben que Mi cuerpo es una celda es el mejor libro de Caicedo, pese a que no fue escrito por él; y yo que no lo he leído lo creo, porque si hay algo que se puede reconocer en el autor  es que  en sus cartas hacía más literatura que en su misma literatura, el que lo quiera comprobar (o refutar, bienvenidas las críticas) puede leer El cuento de mi vida  y verá que en sus reflexiones de su vida hay más fuerza literaria e incluso prosística. Fuguet afirma que solo se encargó de recopilar pero que todo lo demás es producto de Caicedo; no deja de resultar irónico, no obstante, que ese libro (el mejor del autor, dice Ricardo Silva Romero) no haya pasado por su mente, pero quién dijo que eso estaba mal si hace poco le oí decir a Juan José Hoyos que cuando el periodista (cuyo nombre se me escapa) que escribió la biografía de Gabo sin siquiera conocerlo le mandó el escrito a México, este le respondió:

-Si hubiera sabido que ibas a escribir ese libro no me hubiera puesto a escribir mis memorias.

¡No lo dijo nadie!

Andrés Caicedo hoy tendría 63 años de edad y es, quiérase o no, el mayor referente de la literatura caleña. Si se va a escribir sobre las calles de Cali y las veleidades juveniles parece imposible desprenderse de él; a ustedes les consta que ya no es de mi gusto y sin embargo cuando el maestro Eduard Narváez leyó el manuscrito de una novela que le envié, lo primero que me dijo fue:

-Es inevitable la relación con Andrés Caicedo.

Y sí: es inevitable; teniendo la ocasión perfecta para hablar de El proceso de Kafka o de la obra de Capote, me dio por escribir sobre el chicuelo.

(¡Qué le hacemos!: un referente es un referente).

Por Jair Villano

Twitter: @VillanoJair

 

 

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