El Smartphone y el estigma

El Smartphone y el estigma

Jaír Villano

Jaír Villano

A nadie le interesará saber que soy neófito usando WhatsApp, que me ha decepcionado el Instagram y su copiosa frivolidad; que ahora puedo estar conectado en la red –en el Facebook, por ejemplo– aún sin estar presente (soy de los que olvida cerrar la cuenta cuando va a dormir, de manera que no me vuelva a preguntar: ¿qué hace?, a las tres de la mañana). En definitiva, a nadie le interesará saber que he comprado un Smartphone, hará un mes, y que me ha resultado útil y no obstante, generado un estigma: “ah, ya te dejaste permear por esa ola consumista”, como me dijo cierta noche una amiga.

Era (¿era?) de los que miraba con desdén, lo acepto, a aquellos que se la pasan escribiendo –escribir es un decir, dado que sus palabras resplandecen por su erratas – en las calles, en las aulas de clase, en la parada del Mío, en el teatro, en el bar; en todas partes. Y ora, para la ironía, soy de los que escribe en los lugares menos idóneos. Pero es que se hace necesario, si Esteban no ha llegado a la clase y el profesor está recogiendo el trabajo, cómo no hacerle un llamado de atención (en otras palabras, cómo no mentarle la madre): ¡¿Esteban, dónde andas?! (En otras palabras, ¡Pedazo de mari… el profesor está recogiendo el trabajo!). Se hace necesario y no es mi culpa. Me dijeron que atentarían contra un tal Uribe y el Smartphone, ah al Smartphone, me ayudó a constatar la noticia y posteriormente los alcances de la misma: total, y parafraseando a Borges, en veces la realidad es más ficción que la misma ficción (y lo del supuesto atentado se quedó en supuesto, pero todo fue rápido y gracias al Smartphone).

Hay quienes no gustan mis constantes menciones del sujeto de una líneas atrás, y les trato de entender, no sólo sus comentarios sino la manera en que los profieren. Dejando de lado esas cosas, recuerdo que una mañana me levanté temprano, me tomé un tinto y como percibí que no había llegado la prensa, me dispuse a leer en el teléfono; acto seguido alguien entró en mi cuarto y me dijo: “!jumm, tan de mañana y con ese aparato… quién lo iba a decir: y tanto que lo criticaba!”, pero yo leía la columna de Alfredo Molano.
He pecado por el estigma y para conmigo han pecado –perdónalos Alá, Jehová, Bochica, o alguno de ustedes–, ellos no saben que este artefacto hecho con la sangre que subyace en el coltán, importado del Congo, puede ser benigno y a su vez pernicioso.

La gente sufre de nomofobia, pero, por lo menos a mí, me ha resultado fructuoso. Ahora puedo estar más atento a los tweets de ciertos personajes, puedo tomar nota, puedo grabar voz, puedo escuchar radio, entre otros.

Nadie sabe lo de nadie, reza el dicho urbano; nadie sabe qué está haciendo quien aboca su atención en uno de los mencionados artefactos. La otra vez la biblioteca de una universidad, de cuyo nombre me abstengo, estaba a reventar; lo curioso: una gran parte de los presentes inclinaba sus ojos a ese abstracto aparato, ¿leían, chateaban, se tomaban fotos para Instragram? Pensé que estaban perdiendo el tiempo en alguna de esas superfluas aplicaciones, teniendo al lado a Carpentier, Cortázar, Borges, Murakami, Grass, MoYan; ¡qué idiotas! Luego, intenté ser más objetivo: pueda que estén leyendo la prensa o un trabajo o chateando, a lo sumo, debe ser algo importante… ¡Ay! Para qué engañarnos. Cargar con el Smartphone es cargar con un estigma. Yo los señalaré y ellos me seguirán señalando.

@VillanoJaír
http://eldisidente22.wordpress.com/

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