El trabajo lo hizo Dios como castigo

El trabajo lo hizo Dios como castigo

Andrés París

Andrés Felipe París

La rutina es la sacralización del tiempo y la acción cotidiana. Odiamos las rutinas; nos agobian pero somos incapaces de cambiarlas: no nos atrevemos. Existe la idea de que los cambios son malos. (Por eso seguimos votando y creyendo ciegamente en los conflictos del reallity show). Nunca cambiamos y si los hacemos son cambios minúsculos. Esta marca por esta otra, estos zapatos por estos otros. Para que un cambio sea significativo debe doler.

Los lunes son una maldición que tiene la desgracia de repetirse 52 veces cada año (contando los 10 festivos). Un día menos que los fabulosos viernes. Los lunes el agua es más fría, el trancón mas agobiante, el jefe más intenso, el calor mas sofocante, las personas más antipáticas, el mercado más costoso. Los lunes nos suben el pasaje de la buseta, la gasolina y la cerveza.

Los lunes ─no festivos─, nos despertamos con el pie izquierdo y con un sagrado, “que mierda, hoy es lunes”. La rutina también está en qué decimos y cómo lo hacemos. En gramática le llamamos muletillas o clichés, dos formas difíciles de cambiar en la oralidad y más en la escritura. El facilismo con que tomamos el lenguaje se revela en la cantidad de palabras que utilizamos. Nos referimos a los objetos, los animales y las personas como “cosa”, “aquello”, “eso” y como odiamos tomar partido o comprometernos con lo que decimos-hacemos, el más activo de los pronombres en una conversación es “uno”. El lenguaje construye el mundo, lo inventa, lo recrea; de ahí el absoluto valor de las palabras: ellas son capaces de transformar nuestro sentir.

En Colombia existen dos himnos, el oficial: que nos ponen a oír sagradamente a las 6 de la mañana y para mayor tortura a las 6 de la tarde; el segundo himno, no se repite, se canta y se vive y dice, “A mí me llaman el negrito del batey, porque el trabajo para mí es un enemigo (…) porque el trabajo lo hizo Dios como castigo“. Este himno, que revive la forma de ver el mundo a la colombiana, nos lleva a maldecir los lunes porque somos lo que decimos.

Estas repeticiones del lenguaje se convierten en preconceptos que nos acompañan durante toda la vida. Se nos crió con refranes, con dichos populares, eso de que “el que manda manda, aunque mande mal”, “no hay mal que por bien no venga” y la máxima “perder es ganar un poco”; expresiones de un fascismo velado que nos impide romper estereotipos, liberarnos de la opresión o simplemente abandonar las rutinas impuestas por el trabajo y el consumo.

En otras culturas la semana empieza el domingo; en esos países los ciudadanos no van por ahí pensando en encontrarse caletas repletas de dólares, euros y barras de oro. Hay una forma de ser y de hacer que tiene que ver con la concepción del tiempo, del esfuerzo, del valor del trabajo. El lunes es un día odiado porque empezamos nuestra rutina de trabajo. Odiamos el lunes porque odiamos trabajar.

Por Andrés Felipe París

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