Ética Ambiental

Ética Ambiental

Jaír Villano

Jaír Villano

Los detrimentos que genera al ecosistema la desenfrenada locomotora minero-energética huelgan un llamado de atención por parte de la ciudadanía colombiana. Los desmanes socioambientales en departamentos como La Guajira, Córdoba, Santander, Antioquia y el siempre endémico Chocó, parecen resultar indiferentes ante un significativo número de personas que ignoran que a priori la consecuencia recaerá en todos, esto es, cuando –y ojalá así no sea– el agua esté contaminada por sustancias que la hacen no consumible (aunque, de hecho, en muchas poblaciones ya se presenta esta contaminación), y/o cuando la polución atmosférica llegue a extremos tan deplorables como en Harbin, China, o para no ir tan lejos, como las afectaciones en términos de salubridad que están desencadenando las explotaciones de minerales en la Unión Matoso, Montelíbano, El Paso, Cesar, entre muchos otras.

A lo anterior, habría que agregar los índices de miseria y pobreza que rodean las comunidades aledañas a las minas, en un estudio hecho por la Contraloría General de la República, se sostiene que en los municipios productores de oro en Antioquia, el 48 % de la población cuenta con necesidades básicas insatisfechas y el 22 % está en la miseria; de la misma manera, en Montelíbano, Córdoba, el 45 % y el 18 % padecen la misma circunstancia, respectivamente; ni hablar del Cesar, donde los índices de pobreza en los municipios en los cuales se llevan a cabo la explotaciones de carbón, ascienden al 76 %. Paradójicamente, algunos de estos departamentos son los que más regalías le genera al Estado y donde están las transnacionales mineras más grandes del mundo.

Ahora bien, ¿qué, como ciudadano corriente, se puede hacer? Hay que empezar por crear espacios de discusión a través de los cuales se abra paso a un tema de tanta trascendencia como lo es el desastre ambiental. Hay que hacer valer nuestros derechos, por ejemplo, el artículo 79 de nuestra Carta Magna señala de manera tajante que “todas las personas tienen derecho a gozar de un ambiente sano. La ley garantizará la participación de la comunidad en las decisiones que puedan afectarlo. Es deber del Estado proteger la diversidad e integridad del ambiente, conservar las áreas de especial importancia ecológica y fomentar la educación para el logro de estos fines”.
El interés general debe primar sobre el interés individual, hay que buscar la forma de torpedear el neoliberalismo rampante, se aproximan los comicios y los dos personajes que lideran las encuestas tienen el mismo enfoque mercantil; elegirlos sería cambiar su aspecto, pero no su forma, de las mismas causas pueden derivar los mismos efectos, decía Voltaire.

Se necesita más sensibilidad social, para tal efecto los medios de comunicación juegan un papel fundamental, en tanto garantes de la información pertinente (me refiero a portales como Razón Pública, La silla Vacía, los informes de El Espectador, El Tiempo, y la revista Semana). De la misma manera, los líderes comunitarios, juveniles o resumidas cuentas, todos aquellos que cuentan con voz deben fomentar la conciencia ciudadana.

Así, vale la penar sacar a colación un artículo del boletín del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER, en el cual se pone de presente que la ética siempre se ha pensado en tanto individuos y/o sociedad, pero no en tanto relación armoniosa con las plantas, los animales y la tierra en general. En ese sentido, debemos aprender mucho de nuestros ancestros, para quienes la tierra –los recursos naturales– es lo más sagrado de la existencia. No se trata de antropocentrismo ni de ecocentrismo, como suponen algunos, los radicalismos, como se sabe, no permiten un pensamiento razonable; así las cosas, de lo que se trata es de ser consecuentes. Miremos un ejemplo, si hoy tenemos leonina riqueza en detrimento de los recursos naturales, ¿qué será del mañana? ¿De qué sirve la obtención de dinero, oro, diamantes y demás ornamentos, si no se cuenta con aire para respirar y agua para consumir?

Antes de finalizar hay que decir que el contraste entre riqueza y pobreza no es nuevo, para constatarlo baste con leer las crónicas de José Antonio Manso, quien en 1727 relató:“Considerando esto en largos días, he trabajado mi discurso en componer cómo se compadece tanta riqueza y abundancia en la tierra donde casi todos sus habitadores y vecinos son mendigos(…) Y, aunque parece contradicción haber dicho que del Chocó se saca a cargas el oro y que la gente es pobrísima, no hay ninguna, porque el oro que se saca del Chocó es parte de los dueños de las minas (…) los cuales lo envían a labrar a la Casa de la Moneda para mandarlo acuñado a España (SIC)”.

Son indudables los beneficios en términos económicos que le está generando al Estado el modelo extractivo, pero son utilidades pírricas; tarde que temprano los perjuicios se verán manifestados en toda la sociedad.

El país con más especies de aves, con más fuentes hídricas, el segundo país más biodiverso del mundo y el tercero más afectado por el cambio climático, no puede seguir de espaldas a esta problemática. Como decía Luther King, “lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos”.
Colombianos: es momento del cambio.

Véase: “Ética ambiental y cambio cultural”- Rodrigo Jesús Ocampo, Boletín, CIER

@VillanoJaír

http://eldisidente22.wordpress.com/

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