Información y distracción

Información y distracción

No logro imaginar a un Da Vinci pintando La Gioconda, teniendo en lugar de su taller y sus pinturas, un control remoto y 250 canales de Direct Tv. ¿Acaso Miguel Ángel habría podido realizar la majestuosa cúpula de la Capilla Sixtina con un BlackBerry en la mano y una conexión ilimitada a Facebook? No concibo tampoco a un Cervantes creando las aventuras grandiosas del Quijote, en contacto con 15 personas a través de Messenger. Definitivamente no.

En la actualidad, los jóvenes crecen en una cultura de la información y de la agilidad donde los  medios son numerosos y de fácil acceso. El internet, la televisión, la radio y el cine son ejemplos cotidianos. Esto es, sin lugar a dudas, una fortuna en términos de creación artística ya que información e inspiración son elementos que generalmente van asociados. Así, podríamos afirmar que dadas las abundantes fuentes de información, los jóvenes de hoy en día tenderían a desarrollar fuertemente su dimensión creativa.

Sin embargo, tengo la sensación que esto no es así del todo y que con respecto a tiempos pasados, la búsqueda artística de los niños y jóvenes de nuestra generación ha perdido cierto vigor, y que el pulso creativo e imaginativo se ha venido debilitando silenciosamente. Sin el ánimo de que todos seamos unos Botticelli o Dante Alighieri, mi reflexión se encamina hacia el tipo de carácter que nuestra sociedad ha estimulado en nosotros y que cada uno alimenta diariamente. Hablo de un carácter de la distracción y la desatención.

Nos hemos criado en una cultura donde la televisión es rey. Con él, el zapping se vuelve cotidiano, y muchísimo tiempo para la lectura, el diálogo familiar, la lúdica artística o el simple descanso, se diluye en esa interminable e inútil “cambiadera” de canal. Nuestras ideas se van asimismo con ella. Nos hemos  acostumbrado a lo rápido, a lo inmediato, y la tendencia a aburrirnos fácilmente expresa una curiosidad bien propia a estos tiempos contemporáneos así como una falta de apreciación más serena de la vida. Vemos todo, pero no observamos nada. Oímos en todas partes voces, pero no nos detenemos a escuchar ninguna.

Pensemos asimismo, no desconociendo sus beneficios, en el Facebook, Myspace o Messenger. Cotidianamente son inmensos los tiempos que ahí empleamos, en muchos casos, desmedidos. El sueño de una vida social activa se viste poco a poco de chisme infinito, y se transforma en vicio y entretenimiento alienante. Pensemos en cuántas otras actividades no hubiéramos podido realizar, cuántos nuevos paisajes haber descubierto, cuántas obras de arte haber creado. Hoy pareciera que nuestro deseo fuera el de estar alejados perpetuamente de nosotros mismos, en todo instante en conexión con el otro. ¿Qué pasa entonces con los momentos para el recogimiento, la reflexión y el reposo interior?

Es igualmente cierto que las distracciones han existido en todas las épocas y que somos en esencia hijos de una cultura audiovisual. No obstante, es fundamental que analicemos cuán realmente importantes son estos medios en nuestra vida. ¿Somos nosotros quienes los controlamos? ¿Estamos disponiendo bien de nuestro tiempo? Es indudable actualmente la abundancia de medios creativos, pero estoy convencido de que aún nos falta trabajar en la construcción de criterios firmes para usarlos así como en el fortalecimiento de un carácter que nos permita emplearlos de un modo más prudente y regulado.

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