La maldición del oro, según la literatura

La maldición del oro, según la literatura

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Si hay algo que caracteriza la buena literatura es que se perpetúa en el tiempo. Podrán pasar años y años y años, y seguiremos admirando la mirada filosófica en esa primera obra de En busca del tiempo perdido de Proust, en la irreverencia espacial y morfológica en El Inmortal de Beckett, en la delicadeza del poema de Keats, en la decadencia del verso de Baudelaire, y eso que por no hablar de la exquisitez de la prosa de Borges, la  complejidad en lo simple que revelan las novelas de Vargas Llosa, y digamos que para salir de paso, los juegos literarios tan bien logrados de Cortázar en Rayuela y Cabrera Infante en Tres tristes tigres. (Ya sé estimado lector que se me escaparon Joyce, Dostoievski, Chejov, Flaubert y tantos otros, pero esta elección es arbitraria, de forma que tranquilícese).

Ah, la buena literatura vuelve las experiencias personales en experiencias colectivas, por eso en tiempos en que los conflictos sociales abundan por cuenta de las externalidades de la minería, vale la pena hacer un recuento (arbitrario, también) sobre los libros que versan sobre el oro y sus maldiciones.

Empecemos por la elucubración de Mutis en su novela Amirbar,  la mina que sus habitantes (personajes) advertían como tierra funesta, porque como decían los indios “toda mina tiene sus difuntos. No hay oro sin difunto”. Como se sabe Mutis vivió un tiempo en Coello, Ibagué, y de ahí puede que se explique esa ilustración del pueblo rico en oro y pobre en condiciones de vida. Pero esta novela, que es buena y que a decir verdad no tiene como argumento abordar los conflictos del mineral,  no tiene comparación con  La bruja de las minas de Gregorio Sánchez, este libro relata la concesiones de las minas del viejo Caldas a las empresas extranjeras, esto, desde luego, en detrimento de los mineros de acervo los cuales se vieron obligados a retirarse de su territorio. Esa ficción no es más que un cuadro verbal de la persecución que el general Vásquez Cobo libró con los mineros de Marmato, Supía, entre otras zonas, luego de que el presidente Rafael Reyes le concesionara las minas del viejo Caldas.  El que fue considerado héroe en la Guerra de los Mil Días resulta ser permisivo con las empresas extranjeras y áspero con los mineros tradicionales, los mismos que, dicho sea de paso, hoy siguen sin contar con un auspicio sólido por parte de su Estado para ejercer la actividad que tanto rublo le generan a las transnacionales.

Y como dejar por fuera a Fernando Soto Aparicio y su apasionante libro La rebelión de las ratas, me acuerdo que lo leí cuando estaba en el colegio y que de inmediato sentí la necesidad de saber si eso que le pasaba al pobre Rudecindo Cristancho era verdad. Fue sorprendente saber que era mucho peor y que, como alguna vez dijo Borges, la realidad le gana a la ficción, pues como se sabe muchas de las empresas no solo explotan a sus trabajadores sino que además perjudican el entorno natural. Ah, cómo olvidar a Pacho, Cándida y Mariena, la familia que llegó a Timbalí en busca de un moderado progreso, cómo no sentir dolor cuando los trabajadores que, en contraste con los dueños de las minas, vivían en la inopia se rebelan y de esa manifestación furiosa muere Cristancho. Muy impactante y muy buena si se quiere pensar más como sociedad. Todos los profesores deberían tenerla en su programa de lectura; es inaplazable que los estudiantes colombianos se vayan sensibilizando con lo que pasa en su país. (Excúsenme lectores: la mina es carbón, pero en últimas es la misma cosa).

El periodismo literario no ha sido ajeno a esta realidad y creo que uno de los mejores referentes es Juan José Hoyos, quien en su crónica El oro y la sangre, muestra la fatídica historia de los indios Emberá del Alto Andaguen. El libro es un bosquejo de los conflictos que suscitan la obtención del aurífero, las vicisitudes que parecen inherentes una vez obtenido el mismo, un reflejo, pues, de lo que pasa en muchas zonas en las que no hay Estado pero hay oro, donde los grupos de facto imponen sus leyes; donde hay pobreza en medio de la riqueza de unos pocos.

Iniciando el libro hay una cita  de Shakespeare (en Timón de Atenas) que dice:

“¿Qué hay aquí? ¿Oro? ¡Oro, amarillo, brillante, precioso! ¡No oh dioses, no soy hombre que haga plegarias inconsecuentes! Muchos suelen volver con esto lo blanco, negro; lo feo, hermoso; los falso, verdadero;  lo bajo, noble; lo viejo, joven; lo cobarde, valiente”. Bellísimo.

Creo que se me escapan otros textos igual de importantes como el Fusilamiento del diablo de Manuel Zapata Oliveira, otro interesantísimo relato a propósito de los atropellos para con las comunidades afropacíficas. También, aunque esto es una perspectiva más internacional, guardan relación  Germinal del naturalista Emile Zola y de alguna forma El corazón de las tinieblas de Conrad.

A mí se me hace que la literatura puede lo que muchas veces le queda grande al periodismo; crear concientización. Es que como alguna vez dijo Kafka: “un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay entre nosotros”.

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