La ventana

La ventana

Juan José A. Pretel

Por, Juan José A. Pretel

Una ventana desde donde saltar

Mucho es lo que se ha dicho y escrito acerca de la felicidad, lo que se ha hecho a favor de alcanzarla. Todas las expresiones de arte conocidas por el hombre, sin importar su índole, han liderado la conceptualización de este vocablo que doblega la mente humana, y del cual sólo se tiene lo que parece ser un escueto concepto que carece de sentido, o se queda corto, en su puesta en escena. La literatura, la pintura, la música y demás han moldeado la felicidad en imágenes, notas, edificios y palabras. Trabajan de manera aislada, aspiran a dar contestación a una inquietud que continua irresoluble. Lo que nos lleva a pensar, siendo un poco más reflexivos, que la ambigüedad del concepto es una táctica, tal vez del destino, que permite que cada cual defina la felicidad a su manera.

Todos los seres humanos compartimos el deseo inmensurable de ser felices: nuestros actos, sueños y anhelos, todos juntos, propenden por la consecución de ese maravilloso mundo descrito por la palabra mágica de diez letras. Incluso, compartimos ese deseo con aquel suicida, descrito por Pascal, que colgado por el cuello, se aferra con fuerza a la cuerda que terminará con su vida, y aliviará el sufrimiento que le aqueja. Ese deseo que nos impulsa fuera de cama todas las mañanas y que parece esquivo a nuestras manos cuando tratamos de alcanzarlo, en sí, no es más que la piedra angular de nuestra humanidad.

Lo que no compartimos todos, por suerte, es la creencia de que ese estado de felicidad sólo sea obtenido mediante la satisfacción total de TODAS las condiciones externas que se suponen necesarias para ser feliz y de las que se tiene un control limitado. El dinero, las pertenencias materiales, además de una larga vida, son esas condiciones prioritarias de aquellas personas que conciben la felicidad como un lugar al que se llega después de un largo camino y no como la oportunidad misma de transitarlo. Siendo esta, quizás, la razón de que tanto hoy como ayer, sigamos pereciendo, muriendo en la tristeza y la soledad, sin experimentar aquel estado de serenidad y plenitud al que por común acuerdo hemos llamado “Felicidad”.

La respuesta es Dios, podría decir alguno de los fieles seguidores del hombre de barba blanca, cuyo hijo está siempre sentado a la diestra. Tal vez uno de esos que, muy temprano los domingos, suelen ir de puerta en puerta predicando las buenas nuevas. Uno de esos que predican una vida, después de la muerte, en donde no habrá más llanto, lamento, ni dolor; así como lo reza la Biblia en su libro de Apocalipsis. Yo, siendo un poco mas escéptico, me atrevo a pesar que nuestro clamor por la felicidad, es lo bastante grande y basto como para retumbar fuerte en los oídos de quien arriba se encuentre. Aun así, no hemos obtenido replica alguna.

Tal vez, solo tal vez, la felicidad está más ligada a nuestro grado de resiliencia, a tomar todas esas condiciones externas indeseadas y hacerles frente, a recorrer el camino y disfrutar. Entonces él seguirá intacto, no será largo y fatigoso y lo que habrá cambiando es la perspectiva con la que es visto. O Tal vez la felicidad si llegue después de la muerte. Si es así, que alguien me indique una ventana desde donde saltar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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