Le pegaron la lleva

Le pegaron la lleva

Julián Pastrana

Julián Pastrana

Hacía varios meses que Pablo y Esteban no se veían. Juntos habían compartido jornadas de desenfreno y lujuria en los cines porno del centro de Cali. Cada uno le daba rienda suelta a sus pasiones en medio de ese ambiente de envolvente oscuridad sólo interrumpida por las luces de los cigarrillos, los celulares, los proyectores que plasmaban imágenes eróticas sobre una pared y las pantallas de televisión. Con el tiempo decidieron suspender esas travesías a sótanos lúgubres poblados por decenas de sombras que erraban como zombies buscando una presa que devorar, recorriendo cada rincón de ese espacio diseñado como un intrincado laberinto.

Tiempo después se reencontraron y Esteban invitó a Pablo a comer a su casa. En la intimidad de la morada intercambiaron información para “desatrasar cuadernos”

–       ¿Y qué, no volviste a los cines porno? No te volví a ver ─inquirió Esteban.

–       No, no volví –contestó su invitado.

–       ¿Y eso? Te aburriste de comer

–       No. Pero me toca controlarme. A mí me pringaron por promiscuo.

–       ¿Cómo así?

–       Tengo VIH.

La sorpresiva revelación le cayó como un balde de agua fría a Esteban. Siempre había considerado esa enfermedad como una suerte de sentencia de muerte, y a los infectados siempre los vio como leprosos capaces de contagiar el virus sólo con la mirada. De hecho nunca en su vida había estado cerca de un seropositivo. El prejuicio era estúpido porque el mismo Esteban se había entregado a una vida de promiscuidad y concupiscencia que lo había puesto varias veces en riesgo. De hecho hasta ese momento ya llevaba en sus cuentas cuatro pruebas de VIH practicadas; todas ellas habían resultado negativas, afortunadamente.

Pero la fuerza del prejuicio es capaz de vencer a cualquier lógica. Después de la charla los dos amigos pasaron al comedor. Esteban hizo un esfuerzo sobrehumano por fingir, o, mejor, actuar como si no hubiese escuchado nada. Cuando terminaron de comer y Pablo se despidió y se marchó, casi que por inercia Esteban tomó el plato y los cubiertos que había usado su amigo y los lavó compulsivamente.

Permaneció varios minutos con la pieza de porcelana y el tenedor bajo el chorro de agua del lavaplatos, mientras los embadurnaba con cantidades industriales de jabón para vajillas. Era como si inconscientemente quisiera librar ese plato y ese tenedor de cualquier rastro de virus para evitar contaminarse. Y eso a pesar de que sabía perfectamente que el VIH no se contagia por compartir un plato con una persona infectada.

Con el tiempo Esteban olvidó el incidente y reanudó sus rutinas licenciosas de vagabundo. No se negó a ningún pene que se le atravesara por delante. Pero tanta locura le pasó su cuenta de cobro. A raíz de un extraño sarpullido que invadió todo su cuerpo le ordenaron una prueba de VIH, junto con una serología para sífilis… y ambas resultaron positivas. Cuando oyó el diagnóstico un aire helado recorrió toda su espina dorsal hasta infiltrarse en cada resquicio de su cabeza. Esteban se enfrentó al prejuicio: “Sos un muerto viviente”, “Tenés una pata en el cementerio”, le dijeron las lenguas más lacerantes. En ese momento comprendió que el prejuicio es una fuerza que vence muchas veces la voluntad, pero que también destruye a una persona.

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