Ya somos el lector que no seremos

Ya somos el lector que no seremos

 columna lector que no seremos

Juan Manuel Rodríguez

Juan Manuel Rodríguez

Domingo. Llamo a una prima para invitarla a una reunión que decidió organizar mi hermana ese mismo día.  Me gustan esos planes relámpago que surgen de un momento a otro, pues resultan ser de los mejores. Después del saludo,  invitación y otro par de frases mi prima me responde: “Pues todo depende de Nico, tiene examen el Martes que viene”. Deja de de hablarme para preguntarle a grito herido (como me gusta esta expresión) “Nico, ¿alcanzas a terminar de estudiar antes de las seis y media?” A lo lejos también lo escucho a él; responde con un  “SI”, que permite evidenciar algo de fastidio en su voz.

Nicolás es su hijo,  tiene 15 años y le faltan 2 para acabar el Colegio, toca batería y le gusta andar con la camisa por fuera del pantalón.  Cumplimos años el mismo día.  Definitivamente es de los míos.

Ya en la reunión aprovecho un momento para  conversar con él “¿Y qué Nico?,  ¿Cómo te ha ido en el colegio? Me responde que bien, que tiene todo bajo control; dándome a entender que es un tema que poco le interesa tocar conmigo.  Le lanzo una última pregunta  “¿Sobre qué es el examen que tienes el Martes?”  Pone cara de aburrición mientras me responde: “De español, es un control de lectura de un libro”

Mi intención era dejar la conversación en ese punto, responderle algo como “Ahh bueno,  ojalá te vaya bien” y ya; pero la palabra “Libro” en cualquier interacción con otro ser humano, desata ese conversador que llevo por dentro.

“¿Cuál libro es?” le pregunto emocionado.  “El olvido que seremos” responde.  Me emociono aun más, yo me leí ese libro y me gustó mucho; le respondo “Qué chévere”.  Nicolás me mira extrañado y termina de responderme “No, no es chévere.  Me obligaron a leerlo. Es un fastidio,  como todo lo que te obligan a hacer”.

Me gustó su respuesta, pues deja claro que ha crecido, que ha evolucionado como  el personaje de una novela; pero también me impactó porque evidencia una falla.  Es probable que este pequeño incidente aparte a Nicolás por siempre de la lectura; que en lo que le queda de vida, cada vez que tenga contacto con un libro, inmediatamente  lo asocie con algo incomodo y que le genera malestar; me aterra pensar que alguien tenga una percepción así sobre los libros.

Nicolás no disfrutó el libro porque no lo leyó por placer.  Tal vez, solo a un par de de sus compañeros les encantó.  La pregunta o dilema a resolver es  ¿cómo fomentar un hábito de lectura en las personas jóvenes, sin que estas la sientan como una obligación? Imagino que habrá miles de formas para abordar ese problema, de momento se me ocurre  ¿Por qué no dejar que cada alumno escoja una novela y que al terminar de leerla realice un ensayo?

Mis esperanzas de intercambiar un par de ideas y discutir acerca de las memorias de Héctor Abad Faciolince con Nico, quedaron esparcidas a lo largo de la conversación. Parafraseando a Borges,  el de  Nicolás puede ser uno de los miles de casos de “Ya somos el lector que no seremos” de la juventud colombiana.

Juan Manuel Rodríguez B.

@Vieleicht

Jma.rodriguez@gmail.com

 

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