Marido con marido, mujer con mujer

Marido con marido, mujer con mujer

Daniel GamboaNo sé si el problema sea el matrimonio igualitario, siempre he estado de acuerdo con eso de hombre con hombre, mujer con mujer y reina con traqueto.

¿Qué función desempeña el matrimonio hoy en día? De niño siempre había pensado que el matrimonio sirve para ponerle finales a las novelas de la noche; de grande sé que es un contrato de repartición de bienes que incita a las parejas a dejar el sexo de lado para preocuparse por llenar la nevera y pagar el apartamento con drywall. Cuando el matrimonio falla, cosa que es usual cada día más, vienen las peleas, los gritos, la fragilidad y por consiguiente, un invento heterosexual que también la Iglesia ve con asco: el divorcio. Considero a título personal que aún no estamos listos para el matrimonio igualitario porque ni siquiera estamos listos para el matrimonio heterosexual: si hoy en día una mujer dice que está divorciada inmediatamente se le juzga por andar suelta en la vida y “no organizarse” como si “organizarse” dependiera de tener carne en el catre.

Sin embargo, hablemos del dichoso matrimonio igualitario. Existen varias cosas que se deben aclarar, muchos mitos, leyendas y fantasías como el hecho que destruirá la familia como la tenemos establecida. Si, es que resulta que la familia está constituida por penes, tetas y vaginas; el cuento que esté establecida por valores, razones y educación jamás fue cierto. Resulta que para tener sentimientos los implicados deben tener dos órganos genitales diferentes y para adquirir derechos constitucionales, el estado se fija morbosamente en donde pones la verga; prácticamente ese el pensamiento. ¿Qué pasa? Sencillo, el sexo y el morbo que despierta. Noten como toda intervención en contra del matrimonio igualitario termina decantada en la forma en la cual dos homosexuales tienen sexo en la cama, es un morbo latente de imaginarse en cuántas poses sexuales puede verse el anillo del dedo angular (que por cierto, no necesariamente tiene que ser ese anillo, a mí me gustaría de cuero).

Lamentablemente, la sociedad sigue siendo ortodoxa y sigue pensando que existen pecados en vez de delitos y juicio divino en vez de estrado. ¿Eso es un problema? Claro, pertenecen primero a un reino celestial que a una república y tienden a olvidar que todos somos ciudadanos, que tenemos derechos y que tenemos deberes. Los homosexuales pagan sus impuestos debidamente y cumplen sus responsabilidades como cualquier persona debe hacer porque simplemente, el sexo no debe o tiene que importar a la hora de ser ciudadano.

Para empezar si aprueban el matrimonio gay, no nos casaremos con heterosexuales. No sé si ese es el pánico que tengan algunos detractores, que saldremos como locas por las calles a ofrecerle matrimonio al primer hombre que veamos. Entonces, es un derecho que afecta única y exclusivamente a un sector de la sociedad: los heterosexuales se seguirán casando entre ellos (y si ellos quieren, seguir con su modelo de familia) y nosotros nos casaremos entre nosotros. Tampoco extinguiremos la raza humana por la condición “antinatural” que recae encima, el pensamiento eterno de la descendencia y de la procreación como pilares de la familia porque, tener sexo con condón es algo muy natural, ¿cierto?, de igual forma usar ropa para abrigarnos o tomar antibióticos para detener alguna infección. La “normalidad” es el más fuerte argumento que utilizan los contradictores del matrimonio igualitario, los mismos que consideran “normal” ser preñado por una paloma o caminar en el agua. También oyeron aquél insalvable registro que dicta que la homosexualidad acorta la vida; si es así ¿cómo es que hay cardenales y papas que pasan de los 70 años?

Ya que tocamos ese tema, hablemos de este asunto eclesiástico que también hay que aclararlo: no se celebrará por la Iglesia. Si accedemos al matrimonio es al civil; al que realmente debe igualarnos como personas ante el resto de la sociedad. Aparte puede resultar incómodo, ustedes saben, el confesionario casi siempre es un closet y llegar al altar para ver al sacerdote morbosear dos paquetes en vez de uno no debe ser agradable. Por eso es que la Iglesia Católica no quiere que los homosexuales se casen; quiere que los homosexuales oficien la misa, como es lo usual. Ahora bien, es un hecho tradicional que el matrimonio siempre ha estado asociado a un rito católico y cristiano, la cuestión aquella del arroz al aire, los vestidos carísimos y el pedófilo/pastor de púlpito dador de moral. Y acá nace el primer inconveniente, la gente sigue creyendo (mas en estos países conservadores) que casarse tiene que ser una bendición divina y por ende, en el versículo que más les convenga de la Biblia promulgan que entre dos varones no se pueden echar. Digo “versículo conveniente” porque en la Biblia dice que las mujeres no pueden hablar o educarse, pero eso no conviene decirlo.

Vendrá más de uno a decir que “la unión civil basta” si obtenemos casi, ojo, casi todos los mismos derechos que los de un matrimonio heterosexual (aunque la unión de hecho/ civil tiene más limitantes). ¿Por qué no conformarnos? Es cuestión de semiótica social, de igualdad plena. Durante el apharteid es posible que la comunidad negra tuviera acceso a buses, a baños públicos y a educación… si, satisfacen sus derechos, pero ¿De qué sirve si eran baños para unos y baños para otros? Ahí entra la semiótica social: mientras una sociedad hable con un lenguaje en común, la inclusión es más posible para todos. Y es que no se dice, “¿quieres estar en unión civil conmigo?”; se dice “¿quieres casarte conmigo?”. Dirán otros, matrimonio viene de “matriz”, y por ende eso direcciona a que el matrimonio debe ser con una mujer fértil. Interesante argumento, pero hay tres problemas: el primero es que entonces las lesbianas pueden casarse a las anchas y largas (lo cual es fantástico, los detractores quedan por la madre), el segundo que los matrimonios infértiles no podrán ser familia y el tercero, que tocará reevaluar la etimología de todo el diccionario. Por ejemplo “testigo” que viene de testículo: las mujeres no pueden testificar según eso y Colmenares seguiría en el limbo. Ya que una palabra “debe y tiene” que servir para reflejar el significado directo por la cual fue concebida es que los sacerdotes no pueden decirle “matrimonio” a la unión de dos hombres. Entonces yo no puedo decirle “padre” a alguien que no tiene hijos.

Con relación a la excusa anterior viene el significado de “matrimonio”. Muchos dirán y dicen que “matrimonio” tiene su definición en la RAE, por ende no se puede cambiar. Los significados de los términos son flexibles, no estáticos; dependen del contexto social y de cómo estos se adaptan a los tiempos. Así que no piensen que la definición es eterna y un ejemplo es la academia catalana que adaptó el significado del término en el 2009. ¿Y la RAE? Adivinaron, ya cambió el significado.

Entre los homosexuales también es hora de romper las propias barreras, son los protagonistas del cambio. Ya basta de buscarse entre “serios y discretos”, es hora de tomarse en serio las cosas, caer cuenta que la pluralidad es inconmensurable y que todos tenemos los mismos derechos y deberes la cual es una palabra que muchas veces olvidamos. Si como gay no te vas a casar simplemente no lo hagas, pero no trates de destruir la posibilidad de que alguien que sí lo desea pueda acceder a ese derecho; una vez entendamos esto podemos fácilmente transmitirlo a toda una sociedad y ese día, más que celebrar nuestras limitaciones, estaremos reclamando nuestras libertades. Es la realidad que debemos afrontar con fuerza y dureza: el reclamar un sencillo derecho como el matrimonio debe dejar de ser una “locura de locas”. Recuerden que nuestra sociedad está inmersa en el estereotipo Homero Simpson: aquí nos encanta la cerveza fría, la tele fuerte y los homosexuales … locas, locas.

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