Mi episodio con Borges

Mi episodio con Borges

He decidido confesar un crimen, uno de muchos, y a los cargos que decidan imputarme añádase los plagios que haré a continuación.

Debo a la conjunción de una cárcel y una biblioteca mi descubrimiento de Borges. Tenía quince años cuando sucedió, ya antes había recibido de mi tía el obsequio de una enciclopedia de veintidós tomos alfabéticos más ocho dedicados a las ciencias y las artes; es la Lexis/22 Vox del Círculo de Lectores. Así inició la historia de mi bibliofilia, pero esta no es la historia de mis vicios, sino la del triste pero afortunado destino de un libro.

Un hombre que llamaré Carl, y que no soy yo, es condenado por asesinar a un poeta con el que su esposa le era infiel. Los nombres y los hechos no importan, lo necesario para la anécdota es que el hombre estaba ya en la cárcel. La esposa que amaba al poeta, sólo ve a Carl durante el juicio y es para culparlo. Es obligado a pagar quince años de prisión por crimen amoris -la cifra es real y maliciosamente reiterativa- durante los cuáles recuerda las últimas frases que aquel día dijo su víctima: “La tarde se hunde en ayeres, los hombres compartimos un pasado ilusorio”.

Obsesionado por descifrar los versos de un muerto, pregunta no sin ironía, si en esa cárcel hay libros. Le dicen que toda una biblioteca, no es raro que donde hay muchos hombres aprisionados, también hayan muchos libros, culpables e inocentes. Lee todo el tiempo, ha leído a Coelho, a Riso, a Cuauhtémoc Sánchez, todos le fueron recomendados por el psicólogo de la penitenciaría: “Le ayudarán con su problema”, decía.

Un día leyó a Shakespeare y supo de un príncipe al que también lo acosaban sus fantasmas, se dijo a sí mismo lo que decía Hamlet: “Encerrado en una cáscara de nuez me tendría por rey del espacio infinito, si no fuera porque tengo malos sueños”. No sabía nada de literatura, pero le pareció que esa frase era mejor que todo Coelho.

Carl hizo carrera y logró lo que un preso llama respeto, ahora le decían El Lector, para contribuir a esto también leía muchas cartas a sus compañeros analfabetas, así se hizo íntimo de muchos jefes de patios, que en agradecimiento le hacían llegar más libros. Esta era su vida hasta que un día encontró un libro de un tal Jorge Luis Borges, lo abrió y en la página quince leyó: “La tarde se había ahondado en ayeres, los hombres comparten un pasado ilusorio”.

Sabía de memoria lo que había dicho su víctima, reconoció al verdadero autor de los versos, entonces le pareció descifrar lo que decían los versos y concluyó: “Si mi pasado es una mentira, yo disculpo al poeta por adúltero y él tendrá que perdonarme que lo haya matado”. No le contó esto al psicólogo. Al tiempo le dieron salida anticipada por buen comportamiento.

En una visita que Carl hizo a su hermano dejó olvidado aquel libro, a los pocos días murió. Su cuñada, mi tía, decidió regalármelo con su historia, me dijo: “Robárselo fue su último crimen”.

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