#Columna: ¿Otra vez, Alvarito?

 

Las hermosas vallas que ahora decoran Cali con el rostro de nuestro honorable senador de la República, Álvaro Uribe Vélez, son tan solo el resultado de una serie de eventos que todos conocemos, pero no hemos logrado (o no hemos querido) conectar.

La primera que vi, fue en la avenida 8va norte, a las 6:45 a.m., de camino al trabajo. Justo después del Colombo, antes del Marriot, con un fondo blanco, un texto enorme que dice “Uribe es Colombia”, unas referencias poco conocidas al costado derecho (S/C y Paolos) y, claro, la imagen del ‘Dotor’ Uribe, del lado izquierdo de la composición.

Tal fue mi reacción cuando me topé con la imagen, que disminuí la velocidad del carro, para tomar una fotografía de lo que mis ojos no creían, mientras un Renault Twingo pitaba desesperado detrás de mí. Necesitaba asegurarme de lo que ocurría, pero no fue necesario esperar a ver la fotografía.

Más adelante, bordeando San Antonio, en el puente de la carrera 10 sobre la calle 5ta, había otra valla idéntica. Volví a disminuir la velocidad, pero el Twingo ya me había rebasado hace unos minutos, probablemente soltando uno que otro madrazo, indignado por las mismas razones que yo, por supuesto.

‘Valla’ consecuencias.

A casi dos meses de la decisión que tomamos como colombianos, vemos las consecuencias de nuestros actos.

Es muy complicado descifrar qué ganó: pudo ser la abstinencia de los jóvenes, la alta participación de adultos mayores, el alegato de fraude del que hablan, el respaldo que tenían los candidatos, y/o una larga lista de especulaciones. Podrían ser todas juntas, podría ser ninguna; lo que hoy debemos comprender, es que ocurrió. Duque y Uribe ganaron, y muchos de nosotros perdimos.

En tan solo dos meses, las problemáticas sociales han crecido de forma estrepitosa: ser líder social, es ahora un delito por el que pagas con la vida. Las Águilas Negras amenazan con más libertad de la que nos podemos tomar nosotros para salir sin miedo a la calle. Aunque quizá nos salgamos un poco del tema, al referirnos al mal diagnóstico del país, en tan poco tiempo.

Lo que no podemos negar, es que nos llevamos una sorpresa de emociones encontradas, cuando Uribe, rechazó su previamente asegurado, cargo de presidente del Senado de la República.

¡Qué bien, no va a hacer y deshacer con el Senado!

Espera… ¿Quién lo investigará ahora?

Fue casi un acto heroico. Lo único que le faltó, fue no ser investigado por un delicado caso de manipulación de testigos. También, que no se percibiera como una estrategia para huir, y someterse a la justicia, de tal forma en que saldría bien librado. ¿En serio, otra vez, Alvarito?

 

Así termina el ABC.

Resulta llamativo cómo los medios parecen no recordar la larga cantidad de acusaciones que trae Uribe detrás: los escándalos de paramilitarismo, corrupción, falsos testigos y demás. De la noche a la mañana, lo único que importa es la manipulación de testigos. Así funciona la información del país, como un alfabeto tan desordenado, que empieza con ‘R’, ‘C’, ‘N’ y el resto de las letras se desfiguran en forma de ‘Caracol’.

Para febrero de este año, el expresidente Álvaro Uribe Vélez, era investigado por la Corte Suprema de Justicia en 28 procesos. Fue señalado por la DEA de ser sospechoso por crímenes relacionados al narcotráfico y a Pablo Escobar, directamente. El índice de falsos positivos aumentó más del 150% durante sus años de gobierno.

Ahora resulta que un grupo de congresistas, liderados por la senadora del Centro Democrático, Paola Holguín (de ahí el ‘Paolos’ de las vallas), quieren limpiar el ‘buen nombre’ del senador Uribe, repitiéndole al país con sus vallas, que Uribe, es Colombia.

Quizá Uribe no sea Colombia. Quizá todos lo somos. Incluido él, aunque nos duela. Pero qué más nos queda, sino, amar al hijo bobo de la patria.

 

 

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