Somos la Cagada

Somos la Cagada

Somos la Cagada

No podemos negar de ninguna manera y bajo ninguna razón que durante muchas generaciones hemos negado las ganas de cagar simplemente por temor a pasar vergüenza con un puñado de gente la cual, conociéndola bien,  es capaz de sacar material para una maratón de matoneo con aquel que, por una circunstancia ajena y rebelde al control de su organismo, sintió ganas de “hacer del cuerpo” (como diría mi abuela) fuera de su casa, y lo peor, no las pudo contener. 

Así empezamos una larga travesía por un sinfín de situaciones particulares en donde una cagada puede dañarnos el día, simplemente por no habernos desinhibido de ese tabú absurdo que nos hace creer que tener ganas de cagar es motivo de vergüenza y que debemos mantenerla en lo más profundo de nuestras intimidades y que jamás, por nada del mundo, la podremos sacar a flote. 

 

De traumas infantiles

Y es que esto no es casualidad, ya que desde que somos bebés,  los adultos se encargan de meternos pánico al popó. Llegan a la ridiculez incluso de tomar una foto de la primera cagada en la bacinilla y nos enseñan que tenemos que alarmarnos cuando nos den ganas de cagar y salir corriendo desesperados al baño mientras dejamos la puerta abierta al tiempo que gritamos “popó, popó” (o más triste aún ”cacá, cacá”), convirtiendo nuestra vida en un ridículo inseparable de maratón fecal en cualquier parte y a cualquier hora del día.

 

El fantasma del popó nos acompaña siempre

Una cagada incomoda desde la etapa escolar, trascendiendo a la universidad (donde se gradúa con uno) llegando a sostenerse en el trabajo también, hasta que nos pensionemos. No hemos aprendido a tomar estas situaciones con finura, con clase, o con normalidad como lo hacemos con cualquier otro tema, puesto que hemos creado un entorno de miedo a las ganas de cagar. ¿Recuerdan ustedes las caras de las personas cuando disimulan las ganas de cagar mientras están en el bus, en el salón, en el campus de la Universidad o hasta en la oficina? Son verdaderamente unos cutis tensionados, carentes de gesticulación y bañados en sudores abismales que los pone pálidos, aguantando sólo porque no tienen la valentía de decir ”tengo ganas de hacer del cuerpo, con su permiso me dirijo al baño”. Oigan, en serio, ¿es mucho pedir o qué? ¿Qué les cuesta evitar semejante espectáculo tan denigrante que es el de fingir una diarrea imparable la cual es detener un alud de boñiga que transita como un tsunami por todo el organismo? por dios santísimo. 

 

La crueldad del colegio

La peor etapa sin duda alguna es la del colegio, tanto en primaria como en el bachillerato, porque por alguna misteriosa razón en ese tema uno no puede ser maduro. Bellos y traumáticos son esos recuerdos de cuando éramos unos bebés inocentes de 6 años desesperados por expulsar la lonchera tan heavy que nos empacaban (que contenía huevos revueltos, chocolate frío, una manzana y un bonbon), y nos íbamos para el baño manejando la cautela y resulta que mientras estábamos sentados en el sanitario todos se daban cuenta de que estábamos haciendo el pecado más grande de la historia, lo que conllevó a una  boleteada para toda la época estudiantil… entonces pues así cómo no va uno a no tener miedo de decir que está que se caga, por favor. 

 

¿Le ha pasado?

En diferentes momentos de la cotidianidad se ven mucho casos en los que negamos la defecada. Por ejemplo,  cuando vamos a una entrevista laboral y justo en el bus nos cogen esas sensaciones diarreicas que indican la aproximación de una soltura nos toca que aguantar porque cómo le vamos a decir a nuestro futuro jefe que estamos que nos cagamos.

 

¿El amor todo lo soporta?

Más denigrante aún es frenteárselo al novio o a la novia mientras andamos en la flor del amor, ya que por nada del mundo nuestra pareja puede darse cuenta que tenemos ganas de cagar justo en la casa de ella o él (añadámosle con los papás en la sala).

 

De paseo

Pasa lo mismo cuando hay parche a finca con la gente más pupi de la vida y ninguno es capaz de ir a comprar papel higiénico para llevar, porque pues cagar es una boleta bueno, o sea, hello, ve y qué.

Ya para terminar y como no me puedo contener (tengo este medio que de una manera amable me deja manifestar mis gazapos) quiero proponer la difusión que no temamos más a las ganas de cagar; que las afrontemos siempre y que de una manera profesional las asumamos, para ver si acabamos de una vez por todas con este tabú absurdo. Empecemos a familiarizarnos con la cagada; dejemos a un lado los cutis estreñidos.

Por un mejor vivir y por una cultura más suelta, saquemos a flote y extrapolemos las ganas de cagar.

Por Levy Rincón

@levyrincon

 

 

 

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