La vida sin música

La vida sin música

Yo soy de las que escucha rockcito, alternado con una que otra canción pop-suavecita y la ocasional mescolanza de una salsa. Detesto con toda mi alma las rancheras, pienso que los vallenatos son para bailarlos o tomarlos, no para escucharlos y a pesar de los múltiples intentos de mi novio la música clásica me pone a dormir.

Para donde yo vaya tiene que ir algún aparato que reproduzca música, porque hace mucho que descubrí lo jarto que son los buses con música horrible que salta junto con lo que el bus se destartala. La soledad de no hablar con nadie. La necesidad de llenar bien sea ese silencio o esa bullaranga con algo un poquito más cercano a mis gustos.

Pero hace poco tuve la terrible pero muy común experiencia de que mi MP4 perdiera su batería. El problema mayor radicaba en que el cable lo dejé botado en vacaciones y no tenía un peso partido por la mitad para comprar otro, así que para el tercer día estaba que me metía un tiro.

Me tocó coger una ermita para ir a mi casa y como por regla general el del bus tenía una de esas estaciones que sólo ponen rancheras. Mi vecina decidió que necesitaba una dosis el domingo de canciones para planchar (mejor que la del bus, pero aún un poco distante de mi género). Y para completar el asunto, me tocó ir hasta la 14 de calima, al otro extremo de la ciudad en un hermoso viaje de hora y media en un completo silencio escuchando conversaciones ajenas y el ocasional ringtone de un celular gracias a los trancones y el hecho que el MIO en el que iba se varó.

No hay nada más horrible en mi mente que no tener música. Sea cual sea el gusto de la persona, ¿se imagina nunca más escuchar música? O aún peor, ¿que no existiera?

A pesar que a mí no me guste el mundo sería un lugar muy triste sin el “Para Elisa” de Beethoven, que a tantos ha inspirado. Sin “Dancing Queen” y el “Yellow Submarine” mis papás no sonreirían como tontos recordando los viejos tiempos. Y yo definitivamente no sería quien soy si no hubiera crecido bajo la influencial sombra de Metallica, Aerosmith, Nirvana e incluso de Red Hot Chilli Peppers.

Así que después de casi dos semanas sin música, preferí sacrificar unos cuantos almuerzos y comprarme el cable. Actualizar la música que tenía grabada y prender una vela de agradecimiento al santo o musa correspondiente para darle gracias por la música. El tiempo en silencio me sirvió para apreciar muchísimo más de lo que ya lo hacía la música; la mía y la de los demás. A cada uno le gusta algo distinto, y finalmente aprendí a respetar la música del vecino. Aunque eso no significa que deje de mentar la madre cada vez que después de pagar los 1.500 del bus me dé cuenta que está sonando el Charrito Negro.

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