Ya está bien

Ya está bien

Basta de endiosados sin poder. Está bueno de ellos, de quienes se creen con la autoridad moral o ética o con la sapiencia humana y divina de decirles a los demás, quienes sean, que sus acciones, pensamientos o emociones “están bien”.

Si usted le cuenta a alguien que el fin de semana descansó un poco de la rutina de la universidad, le responderán: “ah, eso está muy bien”. Si les dice que trabajó o estudió en vez de descansar le responderán lo mismo, agregando en ambas situaciones una frase que intenta ser irónica como “eso de vez en cuando es bueno”.

¿Por qué califican a los demás? ¿Por qué dan una aprobación que no les corresponde? ¿Por qué dan su parecer sin que nadie se los haya pedido? Y sobre todo ¿cómo saben que eso está bien?

Hay diferentes versiones de una misma historia cuya moraleja es, más o menos, que todo lo que a primera vista parece bueno puede ser realmente perjudicial y lo que parece un contratiempo puede ser un disfraz del bien. Una de esas historias fue utilizada por Anthony De Mello para darle un significado más amplio: “nunca sabemos a ciencia cierta qué va a ser bueno o malo para nosotros mismos o para cualquier otro, pero sigamos haciendo alegremente lo que nos parece más oportuno en cada caso, sin peso alguno en la mente ni preocupaciones en el corazón”.

Si esa fuera la buena intención de su opinión (jamás pedida), tal juicio serviría para hacer una profunda reflexión que nos llevaría a pensar en la suerte y en las cosas de la vida frente al tiempo. Pero no. Mi opinión (tampoco pedida) sobre su opinión expresada en esa expresión popular, es que con ella sólo pretenden darse la importancia de alguien que da la aprobación de algo, con la intención de sentirse comprensivo, autoritativo o sabelotodo.

Para estas personas cualquier cosa estará bien. Y no es cuestión de positivismo arraigado, sino de carecer de criterios válidos para dar una opinión sobre una situación que vaya más allá de un simple calificativo. Lo dicen porque no pueden decir otra cosa, y no creo que sea por respeto o cortesía. Lo peor del cuento es que sentimos esa frase como el espaldarazo que nos hacía falta para sentirnos recompensados.

Fui al baño, vi llover, me lavé la boca, dormí hasta tarde… cualquier cosa que uno diga, aquel todopoderoso nos absolverá con su frase de cajón: “ah, eso está muy bien”.

Lo “bien” debe ser fruto de nuestra decisión y evaluación. La opinión de los demás contará en la medida en que la pidamos y que su criterio sea más amplio que el del Pibe Valderrama: “todo bien”.

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