Biografía del minotauro

Fotografía: Mauricio Rey

Aplicada a otro autor, la expresión “hombre de letras” es una metoni¬mia; aplicada a Borges, resulta una definición exacta. Lector, poeta, cuentista, traductor, ensayista, bibliotecario, conferencista, profesor y asesor editorial, su vida gravitó de manera obsesiva en torno a los libros. Dice la leyenda que a la mera vista de un libro su índice se humedecía, un reflejo condicionado que la evolución habría obrado en pacientes generaciones de Borges.

Jorge Luis Borges llevó una vida muelle hasta cuando murió su padre, en 1938. Entonces debió abandonar el seno materno a la tierna edad de 39 años y emplearse en una biblioteca del sur de la ciudad.

En 1955 le ocurrieron dos sucesos importantes: fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires y quedó ciego. Como era un señor flemático y no podía ponerse a llorar, inició un curso de anglosajón y escribió El poema de los dones. “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche”.

En los años 60 los franceses lo descubrieron, recibió el Premio Formentor, compartido con Becket, y el mundo se interesó en su obra. Con una vitalidad inesperada para su edad, viajó de manera incansable alrededor del mundo dictando conferencias, participando en soberbias aventuras editoriales, viendo el mundo con los ojos de María Kodama y recibiendo honores… todos menos el Nobel, que siempre le fue esquivo. Así lo quiso Artur Lundkvist, un académico sueco que lo consideraba un poeta menor del hemisferio austral (para vengarse, Borges dijo que la Academia Sueca era un colegio de señores desconocidos que tenía el poder de hacer famoso a cualquiera). Otros piensan que fueron algunas declaraciones políticas suyas las que le vedaron el premio. También pudo ser que por alguna razón baladí –soberbia, terquedad, fobia, sueño o exceso de trabajo– los académicos suecos fueran postergando a Borges año tras año, hasta que les pasó con él lo que nos pasa a todos con las deudas viejas: llega un momento en que da pena pagarlas.

Sin Nobel, pero en pleno ejercicio de un magisterio literario amplia¬mente acatado, Borges falleció en Ginebra el 14 de junio de 1986, víctima al parecer de un enfisema pulmonar. Las circuns¬tancias de su muerte no quedaron muy claras. Se rumoró que le habían practicado la eutanasia. Lo cierto es que desarrolló una actividad frenética en los últimos meses: dictó su testamento a un notario de Buenos Aires, contrajo matrimonio con María Kodama en Asunción, dictó y destruyó muchos versos, sostuvo entrevistas con sus editores en varias capitales del mundo y se despidió de su amigo Adolfo Bioy Casares. Dejó una obra monumental que más parece trabajo de los enciclopedistas de Tlon que producto de los desvelos de un hombre: estudió la historia conocida y se imaginó otras, aprendió varios idiomas e inventó el de Uqbar, estudió con reveren¬cia todas las religiones pero no profesó ninguna, conoció los mitos y las doctrinas filosóficas, leyó despacio varias literatu¬ras, llevó la crítica a alturas sólo osadas antes por Wilde y Valery. Hizo de la poesía una suerte de música cerebral; del cuento, un ajedrez de fierro y luz; del ensayo, una fiesta de la inteligen¬cia y la imagina¬ción.

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