Cuentos: Historia de un grito lastimero en Cali

Cuentos: Historia de un grito lastimero en Cali

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“¿Y quién estimuló en vos la pasión por contar?”. Esa la máxima mediante la cual  se desarrolla el libro Cueeenntooos, Historia de un grito lastimero en Cali, escrito por Alejandra Rayo y Luis Eduardo Bustamante,  una pareja de comunicadores sociales que por medio de lo que fue su trabajo de grado terminaron regalando un libro de 131 páginas en las cuales se le rinde distinción a la tradición oral y sobre todo a Cali.

La historia se remonta a un 20 de abril de 1994, día en el que Carlos Alberto Ortiz, mejor conocido como Caoz, gritó: “Cueeenntooos”. El escenario fue la Plazoleta de Ingenierías de la Universidad del Valle; curiosos arribaron al lugar a ver de qué se trataba: en efecto, era cuentos, cuentos.

La idea era emular La Perola (en la Universidad Nacional de Colombia), primer escenario de la cuentería oral en el país; lugar que le dio paso a lo que más adelante sería conocido como El Perol, una de las agrupaciones más longevas en la tradición oral.

En el 1996, Cali se llenó de relatos, la Universidad Santiago de Cali y su festival Unicuento, la Universidad San Buenaventura, La Icesi, La Javeriana, todos se unieron al proyecto. Caoz y su grupo de amigos llevaron a cabo “Abrapalabra”. Muchachos con una única característica, el amor por las historias, han creído encontrar en la narración oral un proyecto de vida. Ahora la atención que tanto demandaban en clase o con los amigos era de un público más numeroso: un público irreverente y sincero, que al no sentir atracción por la historia, simple y llanamente se marchaba.

De la Universidad del Valle, además de El Perol (que en la actualidad es conocido como La Fábrica Productora Cultural) está  Santapalabra, grupo que en su momento se presentó en la Loma de la Cruz y la colina de San Antonio; de la misma manera, se encuentra Cuentoluna, un colectivo que más que contar ficciones lo que busca es divertir, con la puesta en marcha del stand up comedypor parte de sus integrantes, entre ellos Mauricio Barbosa (o Vampi), Jaider Rengifo  (o Jota) y Leonardo Vargas (Leo), se da paso a un rifirrafe entre las agrupaciones. Según los integrantes de Santapalabra, Cuentoluna estaba deteriorando el oficio, en otras palabras, su trabajo ofendía a la cultura.

Los conflictos entre actores y colectivos no permiten que la tradición se solidifique, pero los autores del libro no toman partido. Como un juez que se limita a escuchar las partes, Alejandra y Luis Eduardo dibujan las vicisitudes de la actividad.

Cueeenntooos, hay que decirlo, es un trabajo con visos de ecuanimidad; no obstante, un relato humano: en el que se reflejan envidias y prejuicios, experiencias personales y colectivas; en el que siempre se le da más relevancia al entrevistado que al entrevistador.  Contiene testimonios de los principales actores de la actividad. En la obra subyacen arduas horas de  entrevistas, de densas preguntas y de una narrativa propia de lo que los americanos (véase Tom Wolfe) han denominado como el nuevo periodismo.

Además, el relato se caracteriza por la amenidad y la profusión de subtítulos que entrelazan las historias de vida de estos, haciendo de esta manera un homenaje a las costumbres de la ciudad, toda vez que en las anécdotas familiares de los personajes se evoca la Sucursal  de los 60 y 70. Como diría Umberto Eco, los libros siempre hablan de otros libros y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado.

Eso es Cueeenntooos, un trazo de las circunstancias socioeconómicas a las cuales se ven abocados los personajes en una localidad cuyo gusto parece menoscabar el trabajo del cuentero; si sacamos al caso que en Medellín, por ejemplo, la Administración auspicia escuelas, casas, teatros y cátedras de narración oral escénica.

En tiempos de Youtube y el cine hollywoodense, el cometido es más que pertinente. Es, entre otras cosas, un ponderado reconocimiento al trabajo de los cuenteros, como dice Jonatan Lenis, narrador de estirpe: “Es doloroso que la gente piense que nosotros –los cuenteros– trabajamos en un parque por monedas. Me duele que no nos pongan a la altura de un autor de teatro o un cantante (…) que la gente todavía piense que el cuentero es el marihuanero sin oficio que está en un parque”.

El compendio cuentista, pues, desdibuja esa consuetudinaria perspectiva. Le devuelve el rol que merece el narrador oral. No es difícil presumir por qué los autores optaron por hacerlo: en Cueeenntooos, hay muchos cuentos. Pero además, y eso viene siendo lo que algunos periodistas llaman la reserva del sumario, Alejandra y Luis Eduardo le deben mucho a los cuenteros.

Por Jair Villano

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