5to Festival internacional de cine de Cali

5to Festival internacional de cine de Cali

Fotografía tomada de www.festivaldecinecali.gov.co

Fotografía tomada de www.festivaldecinecali.gov.co

Lo que nos quedó…

Los caleños despidieron el evento que con fuerza y notoriedad destaca las obras de los cineastas independientes. Aunque ha pasado cierto tiempo desde que terminó, la huella que dejó en nuestra ciudad será imborrable. Los amantes del séptimo arte tuvieron de cerca universos singulares, personajes, experimentaciones estéticas e ideas complejas sobre la condición humana.

A pesar de la probabilidad de su cancelación (en el año 2011) el festival llegó a su quinta versión en el 2013. Prevaleció, como es costumbre, su necesidad de mostrar y fomentar el talento nacional, además de las nuevas tendencias extranjeras. Sin duda, Luís Ospina y su equipo de colaboradores se esforzaron por mostrar películas que no sólo se limitaron a contar historias; sino a transmitir experiencias únicas, mediante esta muestra para el acercamiento y desarrollo cultural.

Hacer películas es un acto de supervivencia casi espiritual. Entonces, sin otro preámbulo, repasemos algunos sucesos y cintas que dejó en la conciencia colectiva caleña esta quinta edición.

Latente fue para los organizadores la necesidad de generar una mayor unión con la comunidad, para que cada habitante de la ciudad apreciara las realidades dentro de la imagen en movimiento. Además de los habituales lugares de proyección y convergencia artística (como El centro cultural, Proartes, La cinemateca la tertulia, o los enormes teatros Cinepolis y Royal films) el cine embelesaba a todos en el barrio, concretamente en la Loma de la cruz. Se mostraron largometrajes recientes y de la pasada década, entre ellos el entrañable documental colombiano  Don Ca, de Patricia Ayala; Mapa, una ficción del español Elias Leon Siminiani; Looking for…, de Andrea Said; y Black Box BRD; del alemán Andres Veiel. Fueron manifestaciones singulares e incluso fluidas para el espectador dispuesto, más allá de una cavilación formal en los temas propuestos.

Se dio especial énfasis al cortometraje universitario, pues aparte de ser una indudable plataforma  de talentos locales, sorprende en la ejecución de algunas piezas. Se pudieron ver habilidades narrativas y alteraciones visuales, indagaciones de aspectos sociales o sencillamente emociones e interacciones humanas. 6FL, de Valeria Rios; El camino del viento, por Diana Marcela Torres; La Melancolía de las mandarinas, de Lucia Diegó; Aurora, por Viviana Medina; o Trina de Angie Solano, son contados ejemplos que traspasan los rigores formales para contar anécdotas de vehemencia emocional y laberíntica psicología, al alcance de todos.

Algo difícil de olvidar fueron los atrayentes y enérgicos seminarios, se discutieron los actuales alcances tecnológicos, las perspectivas frente al financiamiento, la producción y la distribución nacional en pos de cultivar futuros realizadores, o reavivar la flama del cinéfilo promedio. Se destacó la presencia de invitados del siguiente calibre: Oscar Campo, Libia Stella Gómez, Antonio Dorado  y Jorge Navas; quienes no solo compartieron sus pericias tras las cámaras, también consiguieron generar consciencia sobre la importancia del celuloide, a toda una generación formada bajo el manto digital. Uno de estos encuentros pedagógicos fue el de Narrativas contemporáneas, organizado por el gremio de guionistas, integrado por Alberto Quiroga, Camila Loboguerrero, Matías Maldonado y Alexandra Cardona. Se intercambiron opiniones en asuntos como la representación cinematográfica de la situación sociopolítica del país antes y después de la ley de cine. Entre los temas que sometieron a polémica estuvo una delicada cuestión, la falta de equidad en la cuota de pantalla. Es decir, a pesar de las posibilidades de filmar un proyecto y distribuirlo, persiste cierto maltrato de los exhibidores, quienes dan prioridad a los estrenos foráneos, removiendo sin piedad films nacionales de la cartelera. Es urgente  establecer un tiempo determinado de permanencia en las salas, un control de taquilla justo y una correcta divulgación.

Todo lo descrito (del 31 de octubre al 4 de noviembre), solo fue la punta del iceberg en un festival con: mirada amplia, respecto a las influencias multimedia, incorporaciones del performance conceptual, efectos visuales y  presencia de otras áreas, como los videojuegos. Lo que nos dejó el festival fue un acopio de sueños proyectados: la técnica, la estética y las variables del lenguaje sobrepasaron los modelos institucionales. Sólo habría un reclamo, la corta duración de un evento que llenó de orgullo a nuestra ciudad. Hay que comprender, lógicamente, que los organizadores lucharon en contra de la muerte cinemática, celebraron el poder de la imagen en los pocos días que tuvieron a su disposición.

Por Oscar Alejandro Cabrera

En alianza con Periódico El Pueblo

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