#Cuento: Hotel Padilla

No me preguntes cómo fue, solo disfrutémoslo

Con el paso de los años he aprendido a entender que todo lo que pasa en la vida necesariamente no tiene por qué tener respuesta. Una situación bastante difícil de digerir para un individuo que todo lo quiere saber y controlar. Hubo momentos de angustia en el que rumia estos absurdos existenciales que hasta el sueño me quitaban. Sin embargo, hoy después de tres décadas, estoy  aprendiendo a vivir y disfrutar de este laberinto.

¿Y por qué empiezo con esta hartera de párrafo? Porque aunque ya pueda conciliar el sueño,  me sigo preguntando por qué te apareciste en este momento de mi vida. ¿Fue cuestión del azar? ¿Inconsciente o conscientemente lo elegí? ¿Lo escribió sobre piedras un ser supremo (Alá, Buda, Jesús, Zaratustra, El Universo, Maradona)? Tengo la respuesta y es la que más odio: no sé. ¿Y si la escribió el azar,  nosotros dos y Maradona a la vez? Bueno, entendiendo el último como una connotación de algún dios y algo del fuero personal; esto para no herir susceptibilidades y no ser arbitrario con las creencias y vayas a pensar que estoy bajo los efectos de algún alucinógeno.

Pero vamos al grano. Recordemos la noche en que te conocí. El mesero te impidió sentarte en la mesa que estaba al frente de la mía, por la razón de logística y yo no sé qué más. Te tocó, me tocó, nos tocó sentarnos juntos, aunque yo no era indiferente del todo: me gustaste, y mucho. Te miré a los ojos, luego a tus hombros, pasé por tus senos, bajé a la cintura y las caderas, terminé en tus pies y volví a tus ojos, que me matan. Te intimidé. Acomodaste una porción de tu pelo detrás de tu oreja, me miraste de reojo, sonreíste y saludaste. Llegaron más personas y aunque todos empezamos a hablar y a conocernos, mi interés estaba en ti. Solo escuchaba un blablá de los otros integrantes de la mesa. Mi foco estaba sobre ti. Y sin ser sobrador, tengo la fe de que también el tuyo estaba sobre mí.

Después de acabada la cena ( como diría la Biblia) y hablar un rato contigo, razoné y me dije que esto no tenía sentido, que eras una personas más de las más de 300 que habían en el hotel, que nunca más iba a volverte a ver, que todo era un embeleco. Me paré del asiento, te dije adiós y me fui, pensando, para nunca jamás volver. Al siguiente día, entre más de un centenar de universitarios, te tenía frente a mí. Tenías una sonrisa de oreja a oreja, que borraba todo a mí alrededor y me hacía sentir que el mundo era habitado solo por los dos. Mientras hablamos, sin la interrupción de nadie, cosa que celebraba, me perdía en tus ojos, que repito: ¡me matan! Un bus llegó, recordé y tarareé para mis adentros a Héctor Lavoe: “Todo tiene su final, nada es para siempre”.

Antes de que subieras al bus, te devolví de un brazo y te robé un beso, cuando abrí los ojos, tú y tu bus ya no estaba ni en las curvas. Me pregunto, por qué en verdad no lo hice. ¡Por pusilánime! Pero lo bueno de esto fue que nos dieron, o no solo nos dieron o nos dimos (¡cómo sea!) la oportunidad de vernos de nuevo, sino que nos dimos los números telefónicos. Y hoy, después de 20 o 25 días, ya ni sé,  estoy en el vestíbulo de un viejo hotel, a más de 1200 kilómetros de ti, pensando, imaginado y escribiendo cómo va ser diciembre, ese mes que nos espera, en el lugar donde empezó toda esta cursilería, para que de una vez por todas concretemos esta parcial historia.

Y para concluir y volviendo al tema de las cosas que no tiene explicación, y para no ponerme enrevesado con temas que solo  le competen  a Albert Camus y Sartre, que en este momento deben de estar quemándose en el infierno ( diría la senadora Cabal), mejor opto por disfrutar y darle gracias al compañero que me habló hace  dos años de la pasantía en la que te conocí; gracias a mi por  elegirla; gracias al mesero que te puso en mi mesa; gracias a la vida que te puso en este mundo: en mi mundo.

AUTOR

Yadín Moreno

yadin1985@hotmail.com

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