¡A por él, diestro!  “Defendiendo” la fiesta brava

¡A por él, diestro! “Defendiendo” la fiesta brava

defendiendo-las-corridas-toros

Ilustración por Leonardo Arias

 

Sobre las corridas de toros, hay alguien que las defiende, aquí:

¿Cómo no voy yo a defender a un torero? ¿En qué cabeza de menos de cuatro dedos de frente no cabe esa posibilidad? El elogiar a una persona que se dice cuerda y aun así decide enfundarse  en un pantaloncito de un rosa subidito dos o tres tallas menor para salir a una plaza con unos cuantos miles de personas de buen gusto a encarar a la peor de las bestias concebida por nuestro señor creador, es mi deber y así lo pienso hacer.

No sería justo arrebatarle la gloria y la justicia al héroe, que ha puesto su vida en manos de la parca para vengar el honor de la condición humana en un rito tan exquisito, tan plausible, tan lleno degarbo y donaire como la corrida  (no la “corrida” de las pelis porno españolas) ¡La de toros, joder! Un diestro merece toda ovación, medalla, busto, diploma, certificado, escritura  e incluso la hermana virgen que nos quede, lo merece todo, hasta el pago del abono para la feria taurina.

Póngase usted en los calzoncillos del lidiador. ¿Sería capaz de salir a algún sitio diferente al baño, con un pantaloncito como ese, que le deja al descubierto todas sus vergüenzas genitales y esa belleza de chaleco repleto de lentejuelas y lucecillas como de show Drag Queende media noche, rematado por un sombrerito de gallego, con el único propósito de enfrentarse a un toro embravecido? Habría que tener los huevos bien grandes (aunque pensándolo bien, eso sería un problema).

Un homenaje sería poco para destacar al hombre que se enfrenta,mano a  pata, con tan nefasta criatura, el toro. Una mole de tonelada y pico, provisto de las armas más atroces: los cachos (y a los que se los han puesto me darán la razón). Un ser apenas rozado con la caricia de una vara con punta de metal y engalanado con unas banderillas puestas por otro valiente en el lomo. Con qué cuenta el lidiador, sino con  un trapo rojo (la muleta) y una espada sin filo (el estoque) ¡Pobre criatura, que la providencia acuda en su socorro!

Con cada muletazo el valiente de gónadas abultadas escapa de la muerte, de la esterilización, de la ópera, del cambio de sexo, de la tragedia. La multitud (políticos, empresarios, intelectuales—, monseñores ubérrimos, todas gentes ejemplares) aplaude, vitorea, lanza rosas al ruedo. Entonces, llega la estocada. El hombre ve fuego y odio, donde solo hay fatiga y miedo. La bestia cae, la sangre y las rosas son una y el público pide orejas, rabos, culos, tetas y salidas en hombros.

¿Acaso soy alguien para quitarle el laurel de la victoria y el sabor de la gloria a este hombre que con cada salida a la arena se juega la vida y el futuro de su descendencia para demostrarnos un hecho: cuán mezquina puede llegar  a ser la raza humana? No lo creo. Por eso, que se siga llenando la bota, que de haber sangre en la arena que no sea del torero, que se siga llamando arte a la tortura y OLÉ.

PD: Debe leerse con acento español, escuchando flamenco y tomando manzanilla en bota.

  

Comments

comments