CINETORO

CINETORO

Juan de los muertos

Juan de los muertos

El festival de cine que impactó a Cali y el Valle

Existen acercamientos de género y técnica permitidos por el medio audiovisual.  Van hacia la abstracción cinética, con propósitos metafóricos; o hacia la experiencia sensitiva más elemental de la psique humana. Lo anterior ocurrió durante el Festival internacional de experimentación CINETORO, en su sexta edición. Una celebración del cine experimental, como manifestación artística. Está por encima del entretenimiento y reunió a distintos realizadores (para nada conformes con el cine fácil); al contrario,  están en una búsqueda de vías alternas de expresión.

Como en años anteriores su programación mostró obras nacionales e internacionales, que no aportan únicamente perspectivas estéticas; las animaciones, documentales y otras ficciones proyectadas, proponían experiencias sensibles mediante una distorsión necesaria del lenguaje, a favor de las nuevas imágenes en movimiento. Más que generar reflexiones racionales,  entró en contacto con las emociones de un público no necesariamente cinéfilo. Ese es el punto que lo diferencia de otros eventos de índole similar, se preocupó en crear un fomento pedagógico mediante talleres gratuitos, dictados por los realizadores invitados. Además, hizo tours agro turísticos desde el Municipio de Toro –lugar en donde nació el festival- hasta Roldanillo y Cartago. Así cualquier persona (sin importar la edad o condición social) podía participar de un gran intercambio cultural. La génesis muy sencilla: acercarse al cine.

Adicional a ello, fue una plataforma para artistas que han tenido percances cuando intentan presentar sus trabajos en otras convocatorias. CINETORO ofreció facilidades en la distribución y exhibición, a quienes por lo regular enfrentan agobios creativos o rechazos de otras organizaciones “formales” en los criterios de selección. Sin duda, fue un incentivo para incrementar la actividad cinematográfica fuera de los convencionalismos. Presentó intervenciones visuales que traspasan lo fílmico, en una eventual transformación conceptual hacia el performance artístico.

Al frente de esta exploración Cali tuvo a creadores invitados, dispuestos a guiar durante las conferencias y talleres, compartiendo algunos de sus métodos creativos con el impulso de formar. Nombremos, por ejemplo, algunos de los maestros que nos visitaron: Edgar Humberto Alvarez, un consagrado animador famoso por anuncios comerciales y participaciones en programas de televisión, sobresale gracias a la materia prima de su labor, la plastilina; luego está Carlos Santa, otro animador con una clara sensibilidad plástica en su trabajo, recordado por su magnífico largometraje, Los extraños presagios de Leon Prozac, obra en donde contó con el apoyo de varios pintores, entre ellos David Manzur o el expresionista Angel Lockhart; y Santa, quien dentro del festival estrena su más reciente corto, Fantasmagoria. Entre los extranjeros, el iconoclasta Jorge Molina enseñó como hacer films de bajo presupuesto y aun así preservar la independencia, basado en su currículo, bastante influenciado por los elementos fantásticos y del terror de la Serie B. Mostró sus virtudes cuando presentó su película Molina Ferozz.

No podemos olvidar algunos de los cortometrajes que se proyectaron durante el evento. El 8 y 9 de octubre (en Cali) vimos trabajos como la animación italiana Planets, dirigida por Igor Inhoff, seguida de la producción de ficción belga, de Tom Van Avermaet, Death of a Shadow. El aporte colombiano corrió por cuenta de Bagatela, de Daniela Torres y la obra experimental Antipoda, de Andrea Escandón.

Roldanillo y Cartago tuvieron exhibiciones como Virtuos Virtuell, del alemán Thomas Stellmach, Cauca Man, de Juan David Jaramillo, El tizón fósil del fuego de German Bizarro, o Fabricia de Cecilia Traslaviña. Sobre los largometrajes, sean o no del gusto del público,  se garantizó que no pasaran inadvertidos; Yo soy otro del caleño Oscar Campo y la comedia de horror zombie cubana, de hilarantes proporciones,  llamada Juan de los muertos. Fueron historias de excelente condimento transgresor para amenizar las noches cinéfilas.

Finalmente (en Toro) algunas de las siguientes piezas  cerraron este inmenso bazar fílmico: Peces rojos de Sergio Bolivar, el documental Papichula de Carlos Andrés Granada, La granja de los muertos de Portugal, 5 Par Jour del francés Jun Cordon, la animada Semafoto de Simón Wilches e Ithaca por Andrea Palamara. Aún falta derribar ciertos portones de incredulidad y prejuicio al buscar la financiación de estos relatos, pero con ingenio y esfuerzo el grupo de CINETORO logró un ambiente seguro de inversión económica. Además promovió la libertad de expresión. 

Por Oscar Alejandro Cabrera

En alianza con Periódico EL PUEBLO

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