#Columna: El amor en los tiempos del celular

 

Imaginemos que Florentino Ariza es una persona de verdad. aventurémonos a pensar que está por ahí, caminando entre nosotros. Un ciudadano del común que trabaja, va a cine, se emborracha algunos fines de semana, y carga las mismas angustias e incertidumbres que todos nosotros. Hagamos el mismo ejercicio con Fermina Daza. Ella también está en algún rincón del planeta y, ocurre lo de siempre, no le da la hora a Ariza. ¿Qué pasa luego? Ariza tiene un encontronazo con la tecnología, obtiene un celular de alta gama y descarga una aplicación para buscar pareja.

Luego de hacerle otro intento a Fermina, quien lo rechaza de nuevo, Ariza se olvida de todo ese cuento del amor eterno y se encarreta con la primera desconocida que conoce a través de la aplicación, luego de convencerse que tiene cierto parecido con Fermina, a la que todavía ama, pero: “que se joda” piensa. Que tire el primer teléfono inteligente aquel que afirme que nunca ha descargado una de esas aplicaciones o que no ha sentido curiosidad de conocerlas, independiente del estado civil que tenga.

Hace poco le pregunté a una mujer que cómo le ha ido con las aplicaciones del amor. “Mal, ya me aburren” respondió sin pensarlo, para luego concluir al instante: “Lo único que buscan los hombres es sexo”. Luego me contó que la interacción con los demás usuarios se vuelve monótona, pues las conversaciones siempre acuden a los mismos lugares comunes: trabajo, hobbys, gustos, y que cuando estos se acaban, se le echa mano a cualquier tema sexual.

Diego, un amigo, comenzó a utilizar una de estas aplicaciones hace un par de meses bajo la consigna: “sólo pasarla bien”. Conoció a una mujer que estaba en su misma frecuencia, tuvieron un par de encuentros, hasta que ella le dijo que tenían que dejar de verse, porque había comenzado a salir, de forma seria, con otro hombre.  A la semana volví a hablar con él y me contó que nuevamente se iba a ver con la mujer. “¿Y qué pasó con el otro tipo?” le pregunté. “No se han cuadrado. Hágale que no viene carro, ¿no?” me dijo. Por un instante simpaticé con el desconocido que estaba detrás de la mujer y se lo hice saber a mi amigo: “Así es la vida hermano, yo he estado en ese lado de la situación varias veces”, fue su respuesta.

Cada quien está en su derecho de buscar con desespero a su equivalente de Fermina Daza, esa media naranja con la que se supone debe pasar el resto de su vida, o huirle a las relaciones “serias”. Cualquiera sea el caso y con algo de suerte, el amor a veces se cruza en el camino.         

Autor

Juan Manuel Rodríguez

@Vieleicht

 

 

 

 

 

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