#Columna: La melancolía de vivir

Desde que estaba pequeño tuve la creencia de que la muerte, a pesar de ser un suceso tan cercano, difícilmente nos alcanzaba. Crecí en una familia numerosa y que en mis primeros años de infancia permaneció completa y hermanada. Y a pesar de crecer en el ritmo constante de viajar de una ciudad a otra, en este periodo de mi vida no hubo mayores sobresaltos o alguna perdida cercana que nos palpara o dañara en el seno de nuestro hogar. Creía de manera paradójica que la muerte, si nos cuidábamos lo necesario, llegaría bastante tarde a nosotros. El primer sacudón vino a la edad de ocho años, recuerdo que estaba en medio de la oscuridad de las tres, posiblemente tres y media am, y me pregunté a qué podría deberse que el teléfono sonara con tanta insistencia. Mamá contestó la llamada y al día siguiente estábamos viajando a Cali. La abuela había muerto.

En aquella época de mi vida y aunque podía percibir la sensación de tristeza en mi familia, no lograba interiorizar ese sentimiento de quebranto. No lograba entender que la muerte sí era cercana e irreparable. Lloré más por ver a papá, mamá, a las tías y a mi abuelo quebrarse en llanto que por el dolor mismo que producía la partida de la abuela. Estuvimos parte de la noche charlando alrededor de las historias que surgían de cuando la abuela cocinaba, cuando la abuela regañaba, las formas que tenía de llamarnos y que ahora se extrañaban tanto, cuando la abuela vivía.

Vino la melancolía y esa sensación de tratar de restablecer algo que creías, ensimismar los sentimientos para re-entablar vacíos que dejan los que se van. Familiares con los que construyes un vínculo que se entrelaza por doble mano: la familia y la comunicación.

Aquella frase cliché “la muerte es tan segura que nos brinda una vida de ventaja” no está tan alejada de la realidad. Somos seres transitorios y ocurrimos en la autopista mientras lo que sentimos y la vida misma nos atropellan el alma. La creencia que establecí en mi infancia estaba vulnerable al día a día y a la fragilidad que persigue nuestra naturaleza. Solo los años pueden hacernos conscientes de lo mucho que tenemos por perder mientras el tiempo fragmenta de recuerdos nuestra memoria.

Y así con los años te vas dando cuenta que el truco está en el “aguante” aguantar la vida, los problemas, las derrotas, las alegrías que nos sustraen de la realidad. Aguantarnos a todo el mundo, a nosotros mismos, aguantar la rutina, la soledad, el amor, aguantar el tiempo, las diferencias, el querer y no haber podido, aguantar la noche y sus discursos, el día y su afán, la muerte, la indiferencia, los daños, las perdidas. Lo que no es y tú creías, pero también aguantar la verdad, sobre todo la verdad, sobre todo ser, sobre todo el tiempo, sobre todo tu alma.

Autor

Pavel Steven Salazar

 

Comments

comments