#Columna: No es cuestión de género, sino de una sociedad enferma

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Hace poco me vi una película titulada “Persépolis”, es una historia de una chica iraní la cual tuvo que tomar decisiones basadas en su género. Puedo afirmar que le tocaba porque era su entorno, su nacionalidad. Lamentablemente cuando evalué mi vida y todo lo que me rodea, concluí que no es solo un tema de Irán sino en todo el mundo.

En las puertas de mi pubertad no tenía nada de femenino, era gamina – aún lo sigo siendo, pero con más estilo – jugaba fútbol con los de mi cuadra, era la parcera del combo, aclaro, no soy machorra, simplemente he sido una persona de retos, de probar que ser mujer no limita las acciones, en fin. Fue en esta etapa de mi vida donde mi padre me mostró que lo que podía ser orgullo para él, era mal visto en la sociedad, me sentó en la sala y me dijo claramente “las personas no ven bien que una niña se iguale con los hombres, entonces invítalos a la casa y que jueguen dentro”. Me pregunto hoy día, hasta donde las personas deben limitar su libre desarrollo por la condición de género.

En las situaciones amorosas se dice que las mujeres de ahora no sabemos amar porque en la actualidad por fin tenemos el derecho de no perdonar una infidelidad de la pareja, una omisión de información de parte del “macho” que perjudica la relación, que no es amar porque no soportamos que él evalué si somos o no la persona indicada después de años de lealtad y de apoyo, que somos exigentes si no aceptamos ser la mozas; y la más patética, la mujer que destruye una relación, además le cuida la tusa al hombre y expone a los mil vientos que dejó de ser la otra y se cree lo máximo.

En el tema profesional, las desigualdades salariales, los tratos de nuestras contrapartes masculinas que siempre son una falta de respeto, pero si denunciamos somos actores conflictivos dentro de la organización; los clientes que condicionan la toma de decisión empresarial si no sales con ellos; los jefes que no contratan por habilidades y capacidades sino por, qué tan bellas somos o qué tan buenas estamos; las y los jefes que nos rechazan a las mujeres que son madres, porque el hecho de ser madres limita la eficiencia y la efectividad.

Un sinfín de eventos que no me caben en la presente columna de opinión pero que me permiten exponer que no es un problema de los hombres, sino de toda una sociedad carente de valores, enferma y lo más triste es que es una sucia epidemia que se fundamenta en los núcleos familiares.

Para terminar, no pagaré la primera cita, solo hasta que la carga salarial entre hombres, mujeres y LGTB se iguale, solo hasta que no tengamos que aguantar piropos grotescos y hacernos las desentendida, solo hasta que los productos que son los mismos tanto para el género femenino como  para masculino, cuesten lo mismo (véase etiqueta rosa), ¡ahhh! Y que no exista mono tributo.

Autora
Diony Ico Brath

@DionyIco

diony-ico-brath

 

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