Cómo salir del hotel mamá y no morir en el intento

Cómo salir del hotel mamá y no morir en el intento

Ilustración por Jhonny Núñez

Ilustración por Pedro Galvis

Saliendo del nido

INDEPENDIZARSE. Qué palabra más grande, tanto que ni la mayúscula alcanza. Antes de irse de la casa uno cree que en eso precisamente consiste el volverse independiente, en “irse de la casa”, pero ¡oh dulce inocencia!, va mucho más allá de eso. Hace dos años, dos meses y 26 días (en serio) que mi mamá me ayudó a empacar y me despidió con una bendición, y aún hoy sigo aprendiendo qué significa realmente esa palabra. Bueno, estoy siendo dramática. Por fortuna mi familia vive a dos horas de distancia y puedo verlos con cierta regularidad; pero no por eso me han sido ajenas las circunstancias de ser una estudiante de pueblo sobreviviendo en la ciudad.

Les diré para empezar, que lo mejor de vivir “solo” es que nadie te va a decir nada si tiendes o no tu cama, si lavas o no tu ropa o qué es lo que debes comer, pero si me preguntan qué es lo malo repetiré exactamente lo mismo. La libertad acarrea responsabilidades y el cuidar de uno mismo es la primera que se debe asumir. Puedes comer atún, o arroz con huevo o comprar hecho las veces que quieras, tarde o temprano te cansas de comer mal y te das cuenta de que cocinar no solo es necesario, sino que incluso es agradable. Por supuesto, hay días en que uno lo que menos quiere es llegar cansado a meterse en la cocina, pero créanme que no hay nada más satisfactorio que comer algo que uno mismo ha preparado y poder decir: ¡mami, ya sé cocinar!

Si uno vive una vida de estudiante, y más aún, de estudiante de clase media, el minimalismo es un asunto de necesidad. Lo más probable es que se rente una habitación, de esta manera se lleva vida de caracol y hay que tratar de hacérsela menos pesada (acúsome de tener una cama grande). Se convive con personas con las que ya no te une un lazo sanguíneo ni de afinidad, y las normas de convivencia se vuelven aún más importantes, pero tienes la oportunidad de conocer gente de distintas partes, con sus propios sueños, acentos, costumbres y deseos… y para bien o para mal, se aprende de todos ellos.

Probablemente si hoy me preguntan qué es lo mejor de vivir fuera de mi casa no responderé que es la libertad de hacer lo que quiero, sino de aprender a responsabilizarme por lo que quiero hacer. Diré que se aprende el valor de las cosas (y el precio también). Además se estima más el apoyo de la familia: no hay nada como llamar a mi mamá un mal día y apenas digo “aló” ella diga “¿qué le pasa?” Cuando visito a mi madre o a mis tías no hay nada más rico que comer bien y ser consentida.

No, aún no soy independiente, no del todo, pero espero que toda esta experiencia me lleve a serlo. Y sobre todo que me ayude a CRECER: otra palabra grande y que no habla solo de estatura, de tamaño o de años.

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