Creando Cine con Abbas Kiarostami

Creando Cine con Abbas Kiarostami

Fotografía: Armen Sarvar

Fotografía: Armen Sarvar

 

A finales del año pasado me tropecé por Internet con un artículo donde publicaban la convocatoria para un taller de cine con el maestro Iraní Abbas Kiarostami en Cuba; decidí ignorarlo ya que las posibilidades de ser seleccionada eran nulas, sin embargo, a medida que transcurrían los días la sola idea de estar junto al director de “El sabor de las cerezas”, analizando y corrigiendo mi trabajo, me acechaba.  Así que cerré los ojos y apliqué al taller pocos días antes al cierre de inscripción, después de todo, era mayor mi ansiedad al daño que un “no” pudiera ocasionar… Ya estaba condenada.

A mediados de diciembre me informaron que había sido uno de los autores seleccionados y pensé que la parte difícil había terminado. Al llegar a la EICTV, la escuela donde se llevó a cabo el taller, conocí a las fundadoras de Black Factory Cinema (nada más y nada menos que dos colombianas) creadoras del evento, y a los otros 50 cineastas seleccionados en esta aventura. Después de algunas charlas introductorias, descubrí que la parte difícil estaba por comenzar. La consigna: diez días para realizar un cortometraje dentro de un contexto particular “Simplemente Cuba”. Las herramientas: mi cámara y yo.

Como buena cineasta educada bajo estrechas normas narrativas que obedecen a la estructura de los tres actos, decidí por empezar escribiendo un guion. Después de varias tazas de café, muchas horas de procrastinación y sólo dos páginas escritas, se me acercó una de las encargadas del taller y con espanto al enterarse de mi cometido me aconsejó que dejara de lado mi línea de creencias y que saliera a grabar lo más pronto posible ¿Pero cómo olvidar si días atrás el mismo Kiarostami había echado, disimuladamente, a aquellos alumnos cuyos temas ya habían sido aprobados?

 

“¿Qué hacen acá? ¿Por qué no están filmando?”

 

Les preguntó.

 

El problema es que nosotros anhelábamos absorber todo lo que él tenía por compartir, sin embargo él quería que nosotros expresáramos todo aquello que teníamos por contar.

Entendiendo que no era yo la alumna ni él el maestro decidí salir a grabar con su frase en mi cabeza “El cine ni se enseña ni se aprende”; debo admitir que a estas alturas estaba bastante confundida.

En la noche me sentí un poco mejor cuando descubrí que no era la única trastornada. Algunos de mis compañeros estaban teniendo crisis mucho más profundas untitled-263que las mías. Varios como yo, habían perdido a sus actores o el interés en sus historias, así que luego de un arduo día de trabajo decidí descartar las 6 horas de material grabado y empezar de nuevo.

Fueron tan llamativos nuestros temores que esa misma tarde durante la conferencia, mejor conocida como ‘Clase maestra’, Abbas comentó: “Quizá los alumnos del taller no lo saben, pero se nota la preocupación, el estrés, en sus caras. Siempre estamos bajo una interrogación de que vamos a ser juzgados y ésta es la definición más precisa del infierno”. Efectivamente yo me sentía en el infierno y nada podía ser peor a ese sentimiento.

Pero sus palabras, como bálsamo curativo, lograron calmar mis dolencias. Nos habló de la indecisión a la hora de filmar y explicó que no es nada más que una realidad la cual, posiblemente, jamás logremos comprender pero que forma parte del proceso de creación y es éste proceso el más importante de todos.

Más allá que la película se proyecte o no, lo que debe gobernar es el desarrollo de la idea, la ejecución (cabe mencionar que el director graba un cortometraje por semana, de los cuales la mayoría no se publican). Por lo tanto, en el proceso de creación convive la incertidumbre, cambiamos de ideas de un momento a otro y de ésta forma la duda trabaja de manera constructiva.

Efectivamente, cuando salí de la charla sentí que el universo finalmente estaba a mi favor. La presión de ser perfecta había desaparecido y comprendí que yo no había viajado a Cuba a hacer otro cortometraje, yo había viajado a Cuba a crear cine.

Días más tarde logré grabar mi cortometraje con toda la facilidad del mundo y poniendo mi atención en el proceso.
Conocí una mujer maravillosa que protagonizó mi historia, su nombre es Walquidia, generé un vínculo muy especial con ella, la grabé mientras dormía, comía, cocinaba y charlaba; me sentí como en mi casa, hasta me decía “tu pareces cubana”.
Fue una experiencia liberadora en donde todos mis prejuicios a la hora de filmar desaparecieron. Logré disfrutar el solo hecho de crear, de producir cine con pocos recursos, sin guiones, actores, o equipo técnico; confiando en mi intuición e ignorando mis propias restricciones mentales y el pánico a fracasar. Entendí que la función de Abbas Kiarostami dentro del taller no era la de un maestro sino la de un guía, pues el verdadero maestro estuvo siempre dentro de mí.

 

Autor: Karla Gómez
untitled-18

Comments

comments