Crónicas de la calle: El señor taxista

Crónicas de la calle: El señor taxista

El señor taxista art 3

Por María Camila Trujillo Vargas
@MariacamilaT

Domingo, 9 de la mañana, barrio Centenario, Cali, Colombia.

Salí de la casa donde pasé la noche. Sin haber dormido bien, me levanté temprano porque cuando llega el domingo, se potencian las ganas de salir corriendo de donde quiera que me encuentre. ¿Hacia qué lugar? No sé sabe realmente, pero el cuerpo pide movimiento, cambio, ligereza.

Gasté casi todo el efectivo la noche anterior, dejando únicamente lo del taxi. Como no pude pedirlo de ningún lado, terminé subiéndome al primero que pasó, algo normal, como lo había hecho varias veces anteriormente. Le dije hacia dónde dirigirse y noté en su tono de voz una intención comunicativa diferente, como sugiriendo algo, que luego averiguaría.

Los domingos no son para hablar, siempre lo he pensado. La mente divaga tanto que uno no se aguanta ni a sí mismo, mucho menos a los demás. Sin embargo, el taxista empezó a hablarme, a presentarse, a preguntar lo que no le importa, qué de dónde salía, que para dónde iba, que con quién estaba, que si tenía novio; preguntas que ni uno es capaz de responderse con sinceridad.

El señor taxista art 1

Cuando vi que el taxímetro no estaba marcando y que las puertas se aseguraron, se terminó mi adormecimiento. Un bajón de adrenalina empezó a consumirme y tanto pensamiento abstracto se me fue de la cabeza. No me atreví a cuestionarle nada y por el contrario, empecé a entablar una conversación. Un giro inesperado en la ruta ratificó mis sospechas y ahí, de inmediato, el señor taxista, me dijo así, con la naturalidad del caso: “¿Sabés que estamos yendo para mi apartamento y que la vamos a pasar bien bueno?” Las puertas estaban aseguradas y el carro iba a toda velocidad.

“¿Y en dónde queda?”, pregunté, como si se tratara de un amigo casual. Me respondió con aire dubitativo, pero decidí continuar la conversación como si nada. Supe, mientras se me insinuaba sexualmente, cual conquistador de discoteca, que para desaburrirse los domingos le gusta ver películas, pedir a domicilio, o ir a piscina. Uno no se imagina que puede llegar a tener tantas cosas en común con otra persona, menos con el señor taxista.

Le dije que al parecer los domingos eran igual de insoportables para todo el mundo, que es ahí cuando se recargan y salen a flote fantasmas acumulados por semanas, meses o años y que por lo mismo, bien lo canta desgarradoramente Piaf en una de las versiones de Je hais les dimanches “Qui est mort depuis longtemps”, en los domingos, todos estamos muertos.

El señor taxista art 2

“Me caíste bien” fueron sus palabras. “¿A dónde fue que me dijiste que ibas?”, me preguntó. Y yo, cayendo en cuenta de la situación, entré como en un espasmo temporal. “A San Fernando”, balbuceé, y ya, no dije más; solo esperé en silencio a que el carro se detuviera en alguna parte. Me acercó relativamente y mientras tanto, me preguntó si podríamos vernos alguna vez. Me pasó un lapicero para que anotara su teléfono, se desaseguró el carro y salí sin mirar atrás, como quien se despide de un encuentro con el diablo.

Desde entonces he estado pensando en qué se le pasó por la cabeza a ese hombre, en primer lugar para intentar llevarme a su apartamento y luego para detener el carro y dejarme salir. ¿Habrá perdido su potencial de verdugo al saberse víctima de algo más universal? ¿Encontrará placer en el terror ajeno y entonces, al no verlo manifestado con claridad, habrá preferido desistir? No se sabe, no se sabrá. Lo cierto es que los domingos nos llegan a todos, nos tocan y así como pueden condenarnos, también nos pueden llegar a salvar.

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