#Cuento: Café a media noche

#Cuento: Café a media noche

cafe-a-media-nocheSírvame un vaso de café amargo, tan negro como la cochina que usa el vestido rosa, esa que no deja de mirarme y que  está en la mesa del fondo; un trago negro como esta noche fría, para que  la maldita no me atrape en el silencio de la madrugada. Desde hoy la vigilia será constante, hasta que los ojos se me vuelvan incendiarios como los del diablo.  Hasta que llore lágrimas que quemen mis mejillas.

No se asuste por las sangre que sale de mis uñas, ellas volverán a crecer. Présteme atención. Le cuento que esta mañana, cuando salí de la casa, la vi sentada, quedándose dormida, acurrucada, tiritando por el frio de la mañana. Pobre, no descansa, y menos en esta ciudad. Parecía una méndiga. Le tiré una moneda para que supiera que no le tengo miedo. Más miedo a los vivos con sus sierras, sus casas de pique, sus sicarios, sus secuestros, sus envidias y su sistema perfecto de corrupción. Eso sí asusta.   La saludé. Ni me escuchó, siguió en su delirio, murmurando no sé qué, como una loca.

Cuando crucé la esquina, levantó la mirada y me gritó: -déjame descansar aunque sea una horita-. Mal nacida, haragana, sin vergüenza, parate y  ponete a trabajar…y cuando lo hagás, no lo vas a hacer conmigo, oís. Descarada. Ya te me has llevado muchos inocentes -, le respondí.

El tráfico, para ser tan temprano, estaba congestionado, la hilera de carros y buses y motos y ciclas era eterna. Tenía que llegar rápido, si no, sería mi último día de trabajo. Miré para todos lados: los pitos, el ruido de los motores y una bulliciosa ambulancia, retumbaban en mi cabeza. El semáforo  estaba en rojo, los transeúntes cruzaban la cebra; y entre la multitud pasaba la pobre desperezándose, iba naciendo en ella su deseo de seguir llevando inocentes y culpables, bostezaba meditabunda. Yo la vi, con tedio, desde mi moto, ella no me vio. De eso estoy seguro.

El semáforo cambió a verde, aceleré y me pasé al carril por dónde solo transitan los buses de transporte masivo, sabía que era una imprudencia, pero tenía que hacerla. Ese recorrido a diario lo hago en media hora – de mi casa al trabajo- llevaba más de cincuenta minutos esperando en un tráfico de mierda que me invitaba a pasar por los cruces prohibidos. Me llené de ansiedad. Sentía que ella, con su parsimonia, estaba por alcanzarme. Entonces, a más de ochenta kilómetros por hora, pasé un semáforo en rojo y en contravía.  Miré hacia atrás para confirmar que ella ya no me alcanzaría. Al volver mi mirada al frente, la morronga venia sentada en uno de los hacinados masivos, repleto de futuras víctimas, como una reina de pueblo, señalándome, tirándome besos y sonriendo con ironía a través de la ventana. Luego, repentinamente, sentí su piel fría y su aliento asqueroso sobre mi cuello, y me dijo:- seré haragana, pero puntual-. Mi instinto me impulsó hacer un viraje con mucha pericia que logró esquivar el bus de la muerte.  -Conmigo no podés-, le grité. Se quedó estupefacta, iracunda, impotente, parada sobre el bus que la alejaba de mi vista. Luego, peinándose con una de sus obesas manos su pelo desgreñado y acomodándose su vestido hecho harapos, soltó una demoníaca carcajada la desdentada inmunda.

-De hoy no pasás. No me demorés que trabajo es lo que tengo. De aquí nadie sale vivo-, me gritó la gorda mueca con cara de loca.

Espere, mesero, no cierre, ¡por favor! Mire que esa señora no ha dejado de seguirme desde esta mañana. ¿No acaba, pues, de oír mí historia? ¿Acaso usted no ve que es la hora donde la noche es más oscura? Más bien sírvame otro trago de café; se lo pagaré el triple, porque no quiero caer en el anhelado e inherente sueño de la inminente madrugada: señuelo de la muerte.

Autor

Yadín Antonio Moreno

yadin1985@hotmail.com

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