Cuernos de oficina:El amor que no quiere ver

Cuernos de oficina:El amor que no quiere ver

Cuando se derrama en la arena, la sangre del torero es tan roja como la del toro.

Ilustración por: Ferchoyela

Después de ser picado con filosas banderillas, burlado por un tipo disfrazado de colorines y abucheado por los “ole” del sanguinario público, ¿qué más puede hacer el toro? Acertarle, con fortuna, una cornada a su asesino: un juez dictaminaría que fue en defensa propia.

En mi primer trabajo profesional conocí a la más hermosa mujer que se puedan imaginar: me quedaría corto al describirla. Mi rendimiento laboral se venía al piso cuando la veía, y un día mi jefe me pilló suspirando en vez de trabajando.

En una charla informal y más como amigo que como patrono, me dio el apoyo que necesitaba para seguir tragado de ella: un día me la presentó. Luego de eso, ir a la empresa tenía un objetivo más grande que ganarme un sueldo mensual.

A él le contaba lo que hacía por ella, le mostraba los regalos que le compraba, me recomendaba libros, música, comida de su gusto y yo siempre quedaba bien con ella. Con un “tan lindo, gracias” mi vida completa tenía sentido.

Al terminar mi contrato de trabajo, mi contacto con mi amor platónico se fue alejando cada vez más. La distancia es implacable, más que el tiempo. Y como era de esperarse las cosas, tan ilusas como la misma realidad, se acabaron. Alguien me contó que viajó fuera del país y le pidió el favor a esa persona de que no le dijera
dónde y cómo ubicarla. El desconsuelo fue total. Hasta ahora me duele saber que ya nada quería de mí sea por la razón que sea.

El tiempo y la vida siguieron su curso, y cuando creí que los años la habían borrado de mi pasado, otra persona me contó que había vuelto a la ciudad; que seguía tan hermosa como la recuerdo y que se iba a casar. Cuando escuché el nombre de su futuro esposo, me derrumbé al comprenderlo todo. Viviría con él su gran sueño, haciendo posible eso de que “vivieron felices y comieron perdices para siempre”.

Mi jefe, todo el tiempo durante mi estancia en la empresa, había estado con ella. Me clavaron todas las banderillas que quisieron para que en la fiesta de los toros
sangrara puro amor. Cada coartada del uno y del otro sólo era una vuelta más al capote para el disfrute del público. Y la espada me la hundieron sin piedad para rematar una faena magnífica en el espectáculo taurino.

Después de haber dado la pelea de supervivencia, los toros no se merecen morir así. El dolor de una cachoniada es infinito. Por eso celebro cuando con una cornada el animal de lidia se vuelve un héroe entre su especie, al cobrar venganza por todos aquellos que cayeron anteriormente en la plaza.

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