De la mamás y otros desmotivantes

De la mamás y otros desmotivantes

Foto: Angélica Cardozo

“¿Para dónde va con ese celular en la mano?”, “¡no guarde la billetera en ese bolsillo, que están robando en el MIO!”,“¡ya le va a dar papaya a los ladrones!”, “mire que hoy en día por cualquier cosa lo matan a uno” Son algunas de las frases más repetitivas de abuelas, madres, tías y en general, del matriarcado colombiano. Solución: ¿comprar una caja fuerte para mantener en el bolso?, respuesta de ellas: ¿y si le roban el bolso? Entonces ¿qué hace uno ante este miedo irracional arraigado? He ahí el dilema.

Es cierto que el índice de criminalidad en Colombia es alto, y más en una ciudad tan transitada como lo es Cali, que hoy está en 81 muertes violentas por cada cien mil habitantes. Pero no se han puesto a pensar que la solución no está en prevenir, y prevenir y ¡PREVENIR!, sin hacer nada el respecto. Todos tenemos que trabajar, estudiar, recrearnos, etc.; el caso es que tenemos que coger calle, en algún momento de nuestras vidas, por más que nuestra madres sobreprotectoras quieran resguardarnos en un refugio, parecido a los de la segunda guerra mundial.

Nadie está negando el peligro, pero tal vez esa manía enfermiza es la que ayuda a que, en vez de mejorar la situación, se siembre una cortina de humo invisible que llama a la precaución y a la desconfianza como principales factores de nuestro carácter. Somos inseguros por naturaleza, no digo que haya que relajarse completamente porque el mundo es de seres ‘vivos’ y con esto me refiero a esa suspicacia y sagacidad característica del habitante criollo y que generalmente solemos llamar malicia indígena.

La idea es no mentalizarse al crimen, en pro y postración a éste. Hay que fomentar una nueva actitud, de espacio e integración con nuestra ciudad, obviamente sin regalarnos a las fauces del lobo. ¿Qué sacamos con fomentar una ira o un miedo irracional hacia nuestra ciudad? Lo que resulta de esto sencillamente se llama el irreconocimiento del casco urbano como algo propio, la despersonalización de nuestro ser hacia nuestro entorno, y el resguardo inconsciente e irracional en nuestras casas como si fueran guaridas a la espera de un factor externo, que muchas veces es uno, para el tránsito de bienes básicos de supervivencia. Es más el daño que generamos al evitar los procesos de interacción social dentro de la ciudad.

Se trata de no perder la esperanza, debemos aprender que los peligros de la calle no pueden ser obstáculo para adueñarnos de la sucursal del cielo y experimentar en ella. De seguro habría un cambio mental no solo en las víctimas, sino en los señores que por cualquier factor, se adueñan de lo ajeno, puesto que demostraríamos un gajo de confianza en la ciudad que nos vio crecer y en la cual día a día morimos un poco, dejando nuestras ilusiones plasmadas en sus tierras, mostrando finalmente una muestra de civismo y cumpliendo circunstancialmente con la llamada convivencia, enfrentando así los problemas que nos acechan para darle solución desde la misma perspectiva de ciudadanos que somos, para que de pronto, por cosas de la vida y a futuro, el matriarcado colombiano renueve sus frases cotidianas.

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