Defendiendo la comida Criolla

Defendiendo la comida Criolla

Defendiendo la comida criolla - Fritanga

 

Heil Fritanga 

Franz Müller, rubio alemán, era un frenético fanático de la cerveza y del buen comer.

Consumía rubias (las cervezas) en donde la comida se extendiera en forma de embutidos bávaros, jabalíes encebollados, rábanos picantes y  mejillones del Rin.

Alardeaba su apetito y su extraordinaria facultad para deleitar y determinar las proporciones e ingredientes del plato, en una sola cucharada.

Representaba en su gusto, lo que JeanBaptiste Grenouille en su olfato, con la particularidad de que el mono, sí había nacido en notable cuna de abedul, por allá, en Bremen.

Así las cosas, Franz Müller, rubio alemán, destinó gran parte de su tiempo y del dinero que obtenía en apuestas gastronómicas (por 10 euros: un cuarto de la cuchara y nos dices, Franz, los 12 ingredientes de la sopa. Por 25 euros: medio mordisco, Franz, y deletreas el ingrediente secreto del strudel. Por 50 euros: las 7 especias del salmón. Por dios y 100 euros: silencio, Franz. La cucaracha no va en  el pretzel), en viajar por su Alemania natal, redescubriendo sabores, definiendo sustancias y sobornando cocinas.

Así pues las cosas, Franz Müller, rubio alemán, recorrió a lo largo y ancho el plato de su geografía. Reconoció cada aroma, cada ingrediente, cada notable sensación. Al final, concluyó que su paladar solo había experimentado con horror el insípido  malestar que deja comer 300 veces el mismo plato. Que no era difícil redescubrir la pimienta cuando acababa de descubrir la pimienta en otro plato con pimienta. Que todo era verdura pálida en los guisados, cerdo sin sabor, pavo simple, y pasta con mucho huevo.

Con pena, Franz se refugió en su rubia (la cerveza), hasta el día que un amigo paisa le mentó por accidente la palabra chunchullo. Lo encontró fraccionado en parrillas colombianas, en varias imágenes de Google. Aderezado en fluidos desconocidos en bandejas de barro, retozaba al pie de varios metros de rellena, envuelto blanco y chicharrón peludo. Mazamorra, mute, jugos multicolores y manjar blanco.

Ávido de sabores, Franz gastó sus últimos recursos en tiquetes sin regreso hacía  la tierra del nunca jamás. Justo cuando surcaba el cielo patrio, la baba se le almacenó inquieta en las glándulas del sabor cuando por la pantallita del televisor le anunciaron la bienvenidaa punta de frijoles, retacadas, carne molida y aguacate maduro.

Se abandonó a su suerte en un país que no tenía ni pizca de insípido, y se dedicó a tragar: paseó su destreza por la membrana bañada en sangre de la rellena. Surcó su paladar por la papa amarilla machucada con carne del pipián. Apostó y ganó por la edad de la vaca(incluso acertó en la ubre) de la que se extrajo la leche con la que había sido preparada la changua. Sintió fluir por su cabello el colágeno de la pata vuelta gelatina y se baño en mazamorra chiquita después de dos platos completos de sancocho trifásico.

Al final, Franz Müller, rubio alemán, encontró el amor en una suculenta rubia (pereirana) que le enseñó las delicias de cocinar sin miedo y de mezclar sin pena en el restaurante que inauguraron después del matrimonio, y que a lo lejos, se distingue de los demás por el aviso multicolor que colgó el germano en un arranque de destreza bilingüe: “Verteidigungkolumbianischeküche… und das Ziel der Yepes, ¡Heil!”.(Yo defiendo la comida colombiana… y el gol de Yepes)

Escrito por Edwin Garzón

Ilustración: Leonardo Arias

 

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