Escribir es un pretexto para encontrarse con John Lennon en el Central Park

Escribir es un pretexto para encontrarse con John Lennon en el Central Park

Ilustración - David S. Millán.

Para sentarme a delinear torpes letras en un papel infame y mudo, al que casi siempre temo,  encontré mi pretexto en un hombre. En su texto, El vértigo de escribir, Rafael Chaparro Madiedo además de darnos una bofetada en la cara, me dejó en la boca, ese sabor a sangre que tienen las palabras.

Andrés Caicedo, con su María del Carmen había causado algo similar en mí. La sexta es la acera  por donde transito el mundo, por donde oigo la música que me le robo a las tiendas de esquina, y donde conocí unas cuantas malas influencias.

Chaparro llevó las cosas a otro nivel, cuando nos mostró que es posible escribir con labial rojo en esos cielitos rotos. En esas épocas yo ya había perdido la inocencia, y fue cuando leí este artículo publicado un mayo noventero en el diario La Prensa. La consigna de Chaparro era: Cuando no tengan LSD lean Rimbaud, por favor. Mete Rimbaud, Rimbaud no destruye tu cerebro.

No sé qué tan bueno puede ser cambiar un vicio dañino por la lectura de Rimbaud, ésta por sí  misma es una maña muy nociva; Rimbaud puede destruirte y llevarte una temporada al infierno con un solo párrafo, pero eso sí monito bello, vos sos otro de esos pretextos, como cuando uno se mete en esto de escribir para gustarle alguien, esperando que te lea. Yo por mi parte, te escribo cartas y las entierro por si algún día te da por estirar la mano, agarrarlas y leerlas.

El vertiginoso oficio de la escritura es tan honesto, tan humano, que lo sublime se aleja de lo divino. Sublime es poder describir lo más repugnante de la manera más bella, eso pasa cuando se escribe con las manos de Dios.

Mi pretexto para escribir a veces es orar, orar para conectarme con la divinidad y lograr una armónica, equilibrada y perfecta creación. Escribir es un génesis, un éxodo y a veces, un apocalipsis. Cuando llega la catarsis, mi mano frenética enciende el vulnerable papel, porque cuando el papel se quema quedan cenizas, y de las cenizas surge el fénix. Escribir es el pretexto para revivir, ser ese fénix rojo y amarillo que ronda la Sexta, echándole ojo a esas botellas vacías que se estallan en la madrugada con patadas tristes contra el andén.

Cuando todo está vuelto mierda, un pretexto para escribir es soñar. Soñar que camino por el Central Park y me encuentro a John Lennon que me dice ‘hey loca, la paz está por ahí, difuminada en la hierba, en el aura colorida  de tus hermanos, incluso está en el aura opaca de la Estatua de la Libertad. La paz está ahí, sólo tienes que imaginártela’.

Escribir es esa excusa para cambiar los mundos de las personas, ese pretexto poco modesto para coquetear. Es el pretexto para ese sutil espejismo, porque una mujer que usa como pretexto la escritura, sabe muy bien que su compromiso es con las palabras, incondicionales ellas, que están ahí, disponibles para ser una excusa, para ser un psiquiatra que no cobra, para convertirse en melodía, en imagen, para perdurar inmortales y retumbar nuestra mente.

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