Juventud: Divino Tesoro

Juventud: Divino Tesoro

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Hay algo que me llama mucho la atención y que hasta el momento tengo el privilegio de escuchar cada vez que emprendo un proyecto o diálogo con alguien mayor: ¡ayy pero usted tan joven! Y se siente bien, pero cada vez que lo escucho, reflexiono y me digo a mi mismo: “mí mismo, eso no será para toda la vida”. Entonces, me lleno de ganas para seguir haciendo lo que me gusta hacer y de pronto así, el día que me despierte frente a un espejo y me vea arrugado, calvo y cansado, pueda agradecerle a Dios por regalarme  una maravillosa vida. Esto de la juventud es un  privilegio que debe aprovecharse, a pesar de que muchos debimos golpearnos alguna vez para entenderlo, aunque al parecer hay un camino más sencillo y menos doloroso: escuchar.

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Ilustración por Pedro Galvis

¡Me quiero ir de la casa! Alguna vez le grité a mamá, estoy cansado de su cantaleta, de que no me dé plata, y que no me deje salir… Ella con amor, guardó silencio. Con lo que no contaba yo, era con un hermano mayor que me dijo sutilmente: “hermanito, si te quieres ir yo te ayudo a empacar la maleta”. Golpe bajo. Pero en fin, salí de mi casa, sonriendo, con un maletín a cuestas y dos mil pesos, dispuesto a triunfar en la vida, libre, autónomo, feliz. Caminando erguido llegué a la esquina del barrio, les conté a mis amigos y ellos compartieron mi alegría. Intenté convencerlos de que hicieran lo mismo y de que nos fuéramos por toda Suramérica, que mochileáramos, conoceríamos Ecuador, Perú, Bolivia, Uruguay y Argentina. Llegaríamos hasta la Patagonia y nos devolveríamos colmados de experiencias. ¡COBARDES! ninguno hizo caso, lo máximo que conseguí fue que me

dieran posada por tres días…

Ya sin plata, tuve que volver a casa, mi sueño se diluyó y tuve que aguantar cantaleta. En realidad ser joven es bueno, sin apuros económicos, con deberes mínimos y con problemas que en realidad son insignificantes. Esos privilegios se deben aprovechar, son la oportunidad para crecer. El mundo ha sabido vender que la droga, el sexo, la música y el alcohol son grandeza, que el desorden, la rumba y la vagancia son la forma de disfrutar, pero no es verdad, y el tiempo se encarga de demostrarlo. Hace días iba camino a casa y vi en el semáforo a un punkero haciendo malabares, el hombre tenía unos 50 años, a su lado tenía una mujer -seguramente su esposa, o acompañante, o su amante apasionada bueno lo que sea- igual de arrugada que él, con pinta rockera que ya no le luce, y con un claro aburrimiento al pasar con un sombrero sucio y viejo como ella misma… Lo que me lleva a concluir que el furor y la rebeldía de la adolescencia deben llevarse con cautela, al ver en el semáforo a los dos mochileros agradecí que ninguno era yo, los dos cansados, con la edad encima y con experticia al contar monedas para vivir. De la que me salvé…

Los consejos de los viejos molestan, ellos exageran con el control y la desconfianza, pero al final, nos evitan sufrir, ellos ya vivieron la rebeldía sin causa y el Rock and Roll, el discurso de la revolución, saben lo bueno y lo malo. Lo de hoy son reencauches de una época que dejó grandes clásicos, bandas estupendas y tragedias horribles también, por eso, mejor sería escuchar y vivir la juventud disfrutando sanamente, aportando a la vida. Si tuviera poder, les entregaría a los jóvenes la capacidad para escuchar la experiencia…

 

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