La Internacional

La Internacional

Si me preguntabas dónde escondía sus cosas, Alfredo te contestaba que estaban a la vista siempre. Alfredo, mi viejo siempre tuvo una costumbre un poco desesperante para Gladys, mi vieja. Cada vez que llegaba de trabajar, de montar en bicicleta o de hablar con un amigo volvía a la casa con un montón de “fierros”, como diría mi mamá.

Alguna vez llegó con una ventana enorme, que habían dejado en la construcción de un edificio, de esos que en los noventas quedaron sin terminar. Gladys trató de esconder la enorme pieza de metal en un sitio donde no fuera visible, debajo de mi cama. Mi dedo pequeño del pie se llevó un  par de golpes por culpa de la ventana que miraba únicamente hacia el suelo; igual le pasó a doña Nubia, que me cuida desde pequeño.

También llevó una bicicleta que le regaló un amigo, una que no ha dejado caer. La “compuso” con media botella de gaseosa de dos litros, encima de la llanta trasera puso el guardabarros hechizo y artesanal de la bicicleta que ahora llamamos “la internacional”.

Las cosas son para usarlas – le decía siempre a mi mamá en medio de sus discusiones. El viejo siempre ha tenido alma de carpintero, de cerrajero, de arquitecto, de decorador y, sobre todo, de reciclador; así no sea ninguna de estas profesiones, escapa ante el cuestionamiento más mínimo con su argumento más certero, las cosas son para usarlas.

Un león de piedra, un par de bolardos, una piedra pintada de blanco, una silla vieja que al parecer estaba embrujada, una escalera de guadua, una máquina soldadora que no funcionaba, unas hornillas de estufa, un sofá viejo que botaron mis primos y hasta una pipeta de gas, son parte de los trofeos recogidos por mi viejo.

Hace un tiempo le pregunté por qué recogió cosas que nunca usó, a carcajadas me contestó que tenía dos finalidades, una, sacarle la piedra a mi mamá, y otra, enseñarnos que las oportunidades las pintan calvas. Ahora el león y la pipeta esperan su lugar en una finca en construcción, la piedra blanca fue el sentadero de los amigos que llegaban a mi casa después de un partido de fútbol mientras esperaban por el jugo que les daba mi mamá; la escalera ahora es un centro de mesa; la soldadora no tuvo arreglo; las hornillas de estufa calentaron los almuerzos de doña Nubia en su casa; y la silla… La silla sigue embrujada, en la casa natal de Gladys, y es que es así, las cosas son para usarlas.

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