Los 18, ¿en pro o en contra?

Los 18, ¿en pro o en contra?

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Músico/Publicista. Host de Atarbaniando La ciudad. Baterista de Duina del Mar. Un personaje que se siente aludido cuando le preguntan si es Comunicador Social y/o Periodista. Prefiere destilar manteca montando en “patineta” antes de subirse a una cochina buseta en Bogotá.

Yo siempre la tuve clara: cuando todos mis amigos y amigas anhelaban cumplir 18 para cambiar su contraseña falsa con el fin de salir a los inmundos rumbeaderos de pachangas de Cali, yo nunca quise tener más de 16 para poder andar todo el día en “pantacha”, tirando piscina, y comiendo Choco-Crispis al desayuno, almuerzo y comida. ¡Esa edad es perfecta! Uno no está tan pequeño como para que no lo dejen salir y hacer lo que se le dé la fucking gana, pero tampoco es mayor de edad como para empezar a responder por los estúpidos e incoherentes actos que cometía en esa época. Cuando tenía 16 ya estaba en el último año de mi colegio. ¿Por qué? No tengo ni idea, porque no era de los niños genio que los ponían en años superiores, todo lo contrario: era más cansón que un vidrio en la media, y además solo sacaba “E” (de excelente) en materias cómo música, educación física y teatro. El caso es que tenía miedo de graduarme del colegio, de salir a la “vida real”, es más, intenté perder el grado once a propósito, pero no me lo permitieron. Los profesores y trabajadores del colegio no querían saber de mí ni un año más: “que la policía se encargue de ese muchacho de ahora en adelante” decía el chofer de la ruta 1, el bus que me llevó toda la vida de mi casa al colegio y viceversa.

Cuando cumplí la mayoría de edad, pensé que todo sería diferente, que ser adulto me daría la libertad que siempre había soñado. Pero no, fue “la misma mierda con diferente bollo”: mis papás me seguían manteniendo, me pagaban la universidad, la salud prepagada y hasta me daban plata para salir a tomar chichamentas de este país en cualquiera de los inmundos andenes del norte y el oeste de Cali. La verdad los 18 me valieron nada; mi mayoría de edad empezó como a los 24 o 25, cuando me fui de Cali para pasar hambre a Bogotá, donde todo, absolutamente todo, es el doble de caro. Por ejemplo: una empanada de Cali que contiene carne y papa vale $500, en Bogotá una cochina, dura y fría empanada rellena de arroz reciclado y residuos de carne, cuesta $2.000. El arriendo en Cali en una casa de cinco habitaciones estrato cinco, tres baños, patio trasero y garaje para dos carros es de $1.200.000, mientras que en Bogotá un apartamento (por no decir ratonera) estrato cuatro, de dos habitaciones de 4×4 metros, un baño y sin parqueadero en una zona donde en la noche se pone bastante “The walking dead”, puede llegar a costar hasta $1´800.000. Entonces, en ese momento cuando empecé a trabajar y trabajar, coger transmirrastrillo en horas pico, mojarme bajo una lluvia a 8 grados centígrados, llegar a la casa empapado y destrozado de la gripa, sin tener a nadie que le haga una sopa o una agua de panela con limón hirviendo con dos dolex, ahí en ese momento me pregunté: ¿Quién demonios quiere crecer? ¿Quién hijuemadre quiere salir del colegio donde la tarea más difícil era resolver problemas del Álgebra de Baldor? ¡Si, ese libro que tenía las malditas respuestas en la parte de atrás! ¿Quién quiere salir a trabajar y tener que hacer filas bancarias? Yo no, pero sé que la mayoría de los colegiales en Cali quieren tener cédula para ir a destilar manteca a Menga y esos sitios bélicos, rebosantes de pseudo-narcos, pero créanme, crecer no es tan chévere, no por lo menos sin tener familia multimillonaria (que en Colombia hay como tres solamente) Por y otras infinitas razones estoy en contra de la mayoría de edad, de los 18 ¿y usted?

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