LOS CAMINOS DE LA VIDA – Pretextos para llevar

LOS CAMINOS DE LA VIDA – Pretextos para llevar

 

Ilustración: Vanessa Muñoz

Cuántas veces no fuiste a pasos adormecidos por el baño de mujeres, con el único fin de ver unas cuantas faldas en el lugar indebido. Cuántas veces no contoneaste esa bella cabellera para tramar al duro del salón, con el olor de tu shampoo. En la fiesta de quince te hiciste el ‘güevón’ para no bailar, lo que derivó en perder al amor de tu vida. En esa misma fiesta te hiciste pasar de mensajera, para al final terminar enamorando al receptor y perdiendo la amistad de por vida con la emisaria.

Y así la vida fue pasando, mirando a otro lado cuando te obsequiaban un volante o haciéndote el dormido cuando alguien pedía caridad en un bus. En la U, como primíparo  te idealizaste como líder, viéndote al final más primíparo que todos. Como la nueva carne fresca, mostraste más pierna, le dijiste sí a todo, cuando en el fondo era mucho para ti.

En la casa te volviste el maduro, el mayor de edad, el rebelde, como esquema de defensa ante los padres; al final de esa etapa entendiste que eras más indefenso que nunca. Y comenzó la vida sexual: ‘Vamos a ver una película a mi casa’, ‘Yo no soy así’, ‘¿Tú realmente me quieres?’

Llegó el momento de formalizar la relación y comenzaron los frenos, con pensamientos  individualistas para evitar la visita al altar. Esos amagues por lo general no funcionaron y empezaste la vida matrimonial. Si eres hombre, seguramente te hiciste ‘el hombre de la casa’ dejando toda la carga del hogar en la mujer. Si eres mujer, seguramente preservaste esa imagen sumisa, aunque te diera asco.

Y los días pasaron, esquivando la idea de tener hijos, por el crecimiento profesional; invirtiendo en tu cuerpo para que tu marido no te cambiara. Si los hijos llegaron, cada uno trató de ejercer el modelo que soñó desde niño, lo cual es mentira, al final siempre se vuelve al modelo viejo, al de la mano dura y negando toda esa libertad que un día quisiste. Entrado los años, empezaste a disimular los gestos, a pretender que sabías de todo. Las nimiedades se volvieron espectaculares y los grandes hechos pasaron a ser desapercibidos.

Al final se va la vida y te das cuenta que es mejor darle un beso a tu nieto en una tarde de cuentos. Decirles a tus padres que los amas, dejando a un lado tanta mendacidad y tanto pretexto. Éstos no son pecados, ni mucho menos, pero una vida en la que se usen menos, es una vida más plena, más placentera. Ellos van y vienen, son necesarios, siempre habrá ese comezón en la espalda por decirlos, por cometerlos. Pero al ponerlos en tu existencia se va por los lados, nunca de frente y eso es nocivo, porque al final entendemos que se puede usar pretextos infinitamente, pero que sólo se vive una vez.

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