Maestro Phazan

Maestro Phazan

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Los años sesenta fueron una época de proliferación artística y cultural, el Hipismo, el Rock and Roll y la música popular, marcaron una identidad. Mauro Phazan, un ecuatoriano que vive en nuestra ciudad, ha plasmado durante años una tradición de mitos y leyendas caleñas, a través de la cerámica.

Así como los monjes tibetanos viven en las alturas de las  montañas, en Cali, en lo alto de la colina de San Antonio, vive Mauro Phazan, su casa, o mejor su templo, es un espacio sereno, donde las gotas de la fuente no cesan de caer, igual que los mangos maduros que reposan sobre un baldosar empedrado, allí, el silencio prima, en medio de una vegetación abundante de palos de mamey, mamoncillo, chambimbe y palmeras, al fondo se alcanzan a divisar diferentes esculturas de cerámica hechas a mano, se ven chontaduros, macetas, corteros de caña, estatuillas como la reina Jovita y vírgenes de todas las diferentes culturas de Suramérica. Abajo está el taller, donde las mujeres pintan con pinceles las alas de los colibríes, por ahora, grises. También están los moldes de arcilla y los hornos que calientan a altas temperaturas. Cae la tarde y en medio de ese silencio aparece el maestro, con traje de lino blanco, cabellara larga y canosa, lleva sandalias y un cigarrillo piel roja entre sus dedos.

El maestro, o Mauro como le dicen sus amigos, vive en Cali desde hace cincuenta años, es de Cuenca Ecuador, tierra de escultores. Phazan es del año 1947, época en la que monseñor José Joaquín Salcedo (hace 66 años atrás) funda la radio Sutatenza, emisora cuyo propósito estaba encaminado a educar y culturizar a la población rural en Colombia. Phazan cuenta, “cuando cogía la señal de esta emisora colombiana, en Boyacá, escuchaba cómo hablaban los colombianos de bien (además de escuchar su música popular, la cumbia), me motivé para querer ir hasta allá”.

Phazan afirma que su viaje fue “con mochila y a dedo”: fue subiendo Pasto,  Popayán y por último  Cali. Llegó a la plazoleta de Santa Rosa, no había terminal, era ahí donde llegaban los buses. Los altos tejares que sobresalían, de aquella peña llamada San Antonio,  lo motivaron a conocer lo que es hoy uno de los barrios más tradicionales de la ciudad. Ese mismo día se hospedó en uno de los recintos que reciben  turistas aventureros.

Cali estaba en el apogeo de los juegos panamericanos, transcurrían los años sesenta. El impacto de las revoluciones, en gran parte de Suramérica, estaba en todo su esplendor. En Chile, Salvador Allende; en Colombia, Camilo Torres; y en Cuba, Fidel Castro.  Otro movimiento que causó rebelión e impacto social fue el  hipismo, que involucró la vida de muchos de la generación de los sesenta, entre ellos la de Mauro Phazan, quien aún conserva esos donaires de hippie y las anécdotas de los caleños por aquel entonces: se hablaba del valle de los hongos, la marihuana y las bandas de rock como Pink Floyd y los Rolling Stones; también, de los suramericanos como Facundo Cabral y Mercedes Sosa. A todos ellos Phazan les guarda respeto y admiración.

Fue después de entrar a estudiar al SENA que se codeó con la cultura popular y aprendió a bailar Salsa en  la discoteca Séptimo Cielo y en Juanchito. Esta época revestía los tiempos de la novela Que viva la música, de Andrés Caicedo; y de los relatos de Bomba camará, escrita  por Umberto  Valverde.

Mauro heredó la tradición de su abuelo Fernando Phazan, un hombre dedicado a la escultura de ángeles e iglesias. Recuerda, anecdóticamente, cuando por primera vez fue a conseguir arcilla a las montañas de Siloé. Bajó con dos bultos y amasó, como un niño la especie de plastilina que había entre sus dedos. Lo primero que se le ocurrió fue hacer pájaros, de ahí nace el nombre de su primer taller de cerámica: El Palomar. Ya con el tiempo y empapado por el oleaje de la cultura popular de Cali y del Valle, decidió plasmar su identidad en las cerámicas; las macetas; la virgen del chontaduro, en conmemoración al pacífico; los corteros de caña; y otros mitos y leyendas que se acumulan a lo largo de nuestra historia. Es así, como como este hombre de 66 años decidió convertir la cultura de nuestra región en porcelanas de cerámica.

 

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