Mi pesticida favorito

Mi pesticida favorito

John Alex Castillo

John Alex Castillo

Las hormiguitas, en montonera y “metiendo muela” por meses, son capaces de transformar un árbol en un hormiguero cinco estrellas. Las gotas de agua, marcando el mismo ritmo por años, son capaces de abrirle una tronera a una piedra. La semilla del chontaduro, luego de bucear por treinta días bajo el agua “asoma un brazo” para germinar y pasarán años para ofrecer su primera cosecha.

Todo lo que a la vista es bonito, en la naturaleza, encierra un increíble valor basado en el esfuerzo y la solidaridad con otras especies y con fenómenos naturales. Ella ha encontrado y seguirá buscando maneras de adaptarse y de subsistir partiendo de las precarias condiciones que hoy la caracterizan.

Digamos que el arte y las manifestaciones culturales son una planta que sembraron otros y a nosotros nos toca hacer que peleche (así le dicen los campesinos al proceso de brote de las ramas). Varias son las plagas que pretenden matarla y debemos enfrentarlas: la primera y más complicada es la plaga conceptual. Esta se manifiesta a través de una desesperada búsqueda de sentido o, peor, una “función”, para el arte y las manifestaciones culturales. Sin embargo, para qué desgastarse en ello cuando lo importante está en entender que ninguna de las dos sirven para algo en concreto, los humanos nos servimos de ellas para múltiples necesidades físicas y espirituales que le dan sentido a nuestras vidas. Matando esa plaga evitamos que toda expresión del arte y la cultura se mida en términos industrializados como el malformado “Impacto”.

El otro enemigo es el hongo de la trivialidad, resultado de muchos factores pero en especial de la pereza, la de preguntarse, de profundizar, de asombrarse y conocer. Es la trivialidad la que se mueve parsimoniosa entre nuestras vidas para invitarnos a quedarnos cómodos, a preguntarnos poco, a estar convencidos de algo, de cualquier cosa, pero convencidos; a resolverlo todo con la ayuda de las yemas de los dedos sobre pantallas táctiles y no con la ayuda de la curiosidad genuina, de la pregunta y respuesta que uno construye con la experiencia.

Una de las peores pestes es la mala hierba del gusto. Si uno quiere darle contentillo al gusto pega para una tienda de souvenirs o se va a “vitriniar” a un centro comercial, pero el espíritu
humano necesita conmoverse, remover los bloqueos, evocar recuerdos, despertar emociones y para eso existen las manifestaciones del arte y la cultura. A través de ellas se supera el gusto y se enfrenta uno al vacío.

Para todas estas pestes y plagas no existen pesticidas en los supermercados, lo que se consigue lo hemos heredado de los padres y abuelos que nos abrieron el camino en el arte y la cultura, gracias a ellos descubrí que mi pesticida favorito es la persistencia, capaz de hacerle hueco a la pesada cotidianidad, tumbar el hongo de la trivialidad y acabar con la mala hierba del gusto.
Comerme el fruto y sembrar la pepa será la siguiente tarea.

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