Mujeres In-teligentes

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“En los comerciales somos maravillosas porque dejamos una olla brillante con una esponjilla o somos unas duras porque lavamos, planchamos, cocinamos… es vergonzoso.” Menciona la reconocida feminista Raquel Sofía Amaya, y es cierto. Vivimos en una cultura patriarcal en donde “A las señoras y a las niñas se les muestra lavando loza, como si las mujeres trajéramos en el ADN una pasión desbordada por el detergente.”

Todos y todas soñamos y hablamos de una independencia, pero nunca nos enseñan que más allá de una independencia económica existe una independencia emocional que reside en cada uno de nosotros. “Todos somos mutantes, estamos caminado en una revolución que no está acabada, buscando el camino extraviado, no el previsto”.

Florence Thomas, psicóloga y feminista comenta que“vivimos en una cultura ordenada, construida y hecha a la medida de los hombres.  Es un mundo que no ha sido pensado para nosotras. Lo que ha sido pensado ha sido lo patriarcal,  es ser una reproductora de la especie, buena mamá, buena mujer,  buena esposa y  seguir el camino trazado por los hombres para que se satisfagan. Entonces, llega un momento que uno ve que no puede seguir esos caminos pensados para ti y empiezas a extraviarte, eso es empezar a ser feminista y tomar conciencia de lo que significa crecer en una cultura que no ha sido creada para nosotras.”

Entonces es justo en ese punto en donde comienzas a preguntarte  qué puedes hacer por esa sociedad de la que formas parte. Y creo que a partir de la escritura algo se puede lograr: Pues una mujer libre es aquella que deja de ser esclava de su propio silencio y su inconformidad.  “Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie.”

Considero que hoy en día las mujeres tienen todo el derecho de conseguir  y alcanzar sus metas como ellas lo decidan. Lo importante es asumir la vida con la entereza y conciencia  que merece. Muchas mujeres,  me incluyo, no lo haremos como de pronto  lo hacían nuestras abuelas porque quizás no queremos ser princesas. No nos da la gana serlo,  y no nos cabe el corazón, ni mucho menos, tanta vida en ese estrecho corsé.

“El modelo de buena mujer, de mujer sana, lo popularizó la medicina en los años 50: raza blanca, clase media, media alta, sin afanes emancipadores ni intereses políticos. Más bien una mujer dispuesta a hipotecar su existencia al cuidado de su marido, sus hijos y su hogar”. Así pues, rechazo también esta etiqueta. Considero que el modelo de una “buena mujer” lo fundamenta  la propia  mujer en la medida que sea buena con ella misma. Y  ¿qué es ser bueno con uno mismo? es tener la capacidad de reconciliarse con el interior de cada una. Significa estar en el propio cuerpo con certeza y orgullo, cualesquiera que sean los dones o limitaciones físicas, hablar y actuar en nombre propio, estar en guardia y levantarse con dignidad. Esto es un arte, y como todo arte reside en las entrañas y no en la cabeza.  Definitivamente no estamos hechas para ser unas criaturas enclenques de cabello frágil incapaces de pegar un salto o de perseguir la presa.

Por esto, y por muchas razones más yo me siento muy orgullosa de todas aquellas mujeres que  no se han sentido cómodas en el reducido espacio de lo que ha significado “ser mujer”; las que no han querido ser madres, esposas o monjas; las que han querido trabajar, las que se han negado a rezar, las que se han divorciado, las que prefieren leer o crear en lugar de cocinar o coser; las que han pensado que su opinión es tan importante como la de un hombre, y  las que han querido votar y escoger a sus representantes.

Y en este mundo que aún no está diseñado para las mujeres no nos queda más que “seguir siendo acróbatas y lanzarnos al vacío” como menciona Florence Thomas. Nos tocó aprender a volar. Y bien, después de todo, no lo hacemos tan mal y, por lo menos, volamos.

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