Perspectiva de una caleña en Bogotá

Perspectiva de una caleña en Bogotá

bogota-1-for-gadling

Hace un semestre por cosas de querer conocer nuevos ambientes, personas y terminar materias, decidí mudarme a la ciudad de Bogotá.

Laura-Ballesteros-2

Laura Ballesteros

La capital es una amalgama de sensaciones tanto positivas como negativas. El clima te patea y sólo al mes puedes acostumbrarte al frío. Cuando te empelotas, al mirarte al espejo, sólo ves una gran mancha blanca donde antes iba el bronceado del escote y los shorts pequeños. Después de un tiempo uno aprende a convivir con la lluvia, a no ponerse zapatos de tela, por si llueve; a llevar sombrilla, por si llueve y llevar un saco más abrigado, por si llueve y en la mayoría de los días, llueve.

Y qué decir del transporte: es que hay que ilustrarse a las malas en cómo funciona el sistema. Por favor alguien que me explique eso de que los taxistas eligen a quiénes llevar; uno de afán o en pleno diluvio y pasan 10 amarillos que son capaces de bajarlo a uno del carro, ¿es qué no necesitan el trabajo? O eso de que la gente se embute literalmente en el articulado rojo, no importa que tengan medio cuerpo afuera; el impulso de las puertas al cerrarse le da el empujón necesario para entrar y apachurrar al resto, y yo que creía que el MIO era cosa seria.

Las busetas son otro cuento más criollo. Llegar tarde me ha ayudado a entender que dejar pasar una buseta puede significar media hora de retraso. Aunque del otro lado, ver todo el trabajo que se gesta diariamente en estos vehículos, artistas, promotores de confitería y objetos varios y luchadores de la vida es todo un escenario de supervivencia admirable.

Hay que enfatizar también en los estereotipos, aunque algunos dicen que no, incide enormemente en donde haya nacido uno, nunca me había sentido tan distinguida por saberme caleña, la mayoría de mis conocidos me llaman así y creen que bailo salsa como los dioses; no es sino que abra la boca para que me corrijan el hablado “Se dice ‘qué es eso, no quejeso’”, “¿Qué pasó? en  vez de ‘que pajo’ o el ‘mirá, vé’, tan familiar para nosotros, se presenta recurrentemente como una muletilla para dirigirse hacia mí y ni hablar del ‘Pam’, ‘la chuspa’ y las comparaciones con ‘La Ronca de Oro’.

Cali tiene un ambiente relajado, fresco y acogedor (a veces siento que soy más extrovertida de la cuenta y que la gente se intimida) mientras Bogotá se torna impersonal, seca (simbólicamente hablando), reservada pero finalmente multicultural, y es esa la gran apuesta y la gran ventaja de la misma, que hay de todo, todos con todos, juntos y revueltos, viviendo al extremo la colombianidad, y aunque todavía me cueste hacer amistad con los cachacos (más con esos que hacen fila en Crepes & Waffles, aunque sí tengo amigos rolos) y me reparta la vida social en personas de otros lugares del país, a Bogotá se le rescata que es una ciudad grande, llena de oportunidades, donde se mueven los grandes medios, la política y una que otra llama que me escupe en la plaza Simón Bolívar, así que por más jodida que sea la ciudad, uno realmente se termina de forjar como persona, si logra adaptarse y sobrevivir a la misma.

 Por Laura Ballesteros

Comments

comments