Ser calle

Ser calle

Sepa de antemano que para coger calle, es imprescindible que Usted, en efecto, SEA calle; de no ser así considérelo como un ejercicio inútil y dedíquese a las tecnologías de la época. Al ruido que le quita sustancia a los momentos. Porque ser calle, a diferencia de no serlo, significa darse el papel principal en la dramaturgia de la vida. Aprender a juzgar de cerca, componer un carácter que divague entre la sorpresa y el escepticismo.

Es entender que los dichos populares constituyen un manual inteligible, absolutamente desintegrado, que a la hora del té lo sacan de unos rollos que ni se imagina. Ser calle es desprenderse de las etiquetas, es saber que la gente de asfalto no es como debería ser, esa gente tampoco es como usted y mucho menos es como se imagina que son, simplemente son; así de abiertos e impredecibles. Ser calle es saber que antes de confiar, usted tiene que conocer.

 

Contar las monedas que hacen música en el bolsillo y darse cuenta que tocó caminar, porque si no de dónde para los cigarrillos. Es sentir esa incertidumbre con sabor a noche y a goticas de alcohol atravesando la calle con todas las luces irritándolo por dentro mientras observa una Ciudad enloquecida de frente, dando alaridos de cansancio. Es saber que si usted no duerme la ciudad tampoco.

Conocer los aromas de los buses, montarse por la parte trasera porque sólo hay mil pesos y basta. Es observar a los cientos de hombres que viajan a diario, muchísimas caras que producen familiaridad y simultáneamente anonimato. Es saber que los tipos que siempre duermen en la misma esquina también tienen un pasado y que muchas veces sólo exigen un poco de tiempo, un par de orejas que sean capaces de soportar su historia.

Ser calle es aceptar que uno también es uno más; que el nombre es sólo una forma de llamarse, que aquí somos todos iguales y nos damos la mano, la parchamos un rato en cualquier ángulo; con una cerveza bien fría que contraste con el implacable clima.

Enfrentarse con la mirada de un perfecto desconocido, un tipo al que mejor le desocupamos el anden. Es mezclar el aroma de un transeúnte extravagante con el almuerzo ejecutivo que se sirve a distintas horas. Es tener 2, 3, 4, 5, y hasta 12 ojos para cubrir la mayor cantidad de ángulos y quedar “protegido”… Es mirar de vez en cuando hacia atrás, rebobinar recuerdos vencidos que creía muertos; es manchar las esquinas, los andenes, esos restaurantes a medio construir; los puentes, avenidas, y los parques, con un montón de nombres y momentos, convirtiendo a la ciudad en un inmenso lugar común.

Dejarse empapar por la maldita lluvia que no da tregua y que, de cualquier forma, deja una sensación de libertad minúscula, como de niño, palpitando en los dedos; es saber esperar a que cese para buscar cualquier charco y vernos húmedos y al revés. Es, en cortas palabras, saber perderse y también dejarse encontrar. Siempre dejarse encontrar.

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