Si la visa es para un sueño, prefiero estar despierto

Si la visa es para un sueño, prefiero estar despierto

SILAVIS

Por fuera de la madre patria

Vivo en la mejor ciudad del mundo de acuerdo con el estudio que anualmente publica la revista británica The Economist. Melbourne, la segunda ciudad de Australia se lleva por tercer año consecutivo el título a la mejor ciudad para vivir en este planeta.

Yo tengo que aceptar que soy un malagradecido y que a veces las maravillas de este lugar se me vuelven paisaje. Cuando salgo de una rumba a las 4am, “con el tumbao que tienen los guapos al caminar”, y decido irme a casa mientras escucho música en el Ipod y además voy pendejeando con el celular en la mano, digo: “Este chistecito no lo podría hacer en otra parte”. Todos sabemos que una escena como esa en Colombia terminaría en otra escena que no nos gustaría protagonizar, por eso nosotros manejamos aquello de “no dar papaya”. Para ser justos, la vida en esta ciudad es una fantasía.

Pero… (los peros siempre cambian las historias)

Siendo Melbourne una ciudad de sueños, siendo Australia un país ridículamente ideal, me queda muy difícil proyectar mi vida permanentemente en este lugar, o mejor dicho, en cualquier otro lugar que no sea mío. Sencillamente a la idea de emigrar mi respuesta es no. La sensación de pertenencia es la carencia más grande para quienes vivimos por fuera de nuestros países. Es como salir a la calle con zapatos prestados; uno no quiere que lo pisen porque, tras de que le quedan pequeños, tiene que devolverlos intactos. Cuando se emigra nada es de uno.

Emigrar genera una constante sensación de soledad a la que en algún momento las personas se acostumbran, pero siempre habrá un vacío. Además entra uno a formar parte de una sociedad que no ha construido y por lo tanto donde no se tiene mucho que reclamar. Viva por fuera y en las condiciones que sea se va a sentir como en una subclase. De hecho lo digo con conocimiento de causa: en 2004 la vida me llevó a vivir en un pequeño estado al norte de los Estados Unidos, donde trabajé indocumentado y dije un par de “mentirillas” para acceder a la educación pública, entre otras hazañas… Y ahora al otro lado del mundo, cuando estudio y trabajo con todo en regla (no tiene sentido pero…) me siento igual de ilegal.

Vivir en esta ciudad tan bonita se parece a pasar un fin de semana en la casa del amigo millonario. Esa casa con baño en todos los cuartos, piscina, zona húmeda, un pequeño gimnasio apenas para mantener el ritmo. Si es apartamento el ascensor llega hasta la sala, si es casa tiene patio y al menos dos pisos. Todo se siente muy bien pero no tan bien como se siente su hogar.

La vida la tenemos enterita para tomar millones de decisiones, de hecho más de las que quisiéramos realmente tomar. Hay cosas -como la familia, los rasgos, el color y el país-, sobre las cuales no podemos decidir, son lo que son y son lo que somos. A esas cosas péguese, a eso créale. Eso respételo y hágalo respetar. Esas son sus cartas de partida y como sobre ellas no decidió, a ellas no puede renunciar.

Su país es suyo y usted responde por él.

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