Si me dejas, me engordo: Pasando la tusa con comida

Si me dejas, me engordo: Pasando la tusa con comida

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Ilustración: Pedro Galvis  

¿A quién no le ha pasado que después de terminar con la novia o el novio, termine tragando  como marrano encerrado en víspera navideña y después se siente a llorar, no sólo su maldición en el área sentimental sino intestinal?

Partamos de que cuando extrañamos a alguien que ya no está, no sé por qué carajos pero lo buscamos no una, ni dos, ni tres sino hasta diez veces o más dentro de la nevera. O  no me vayan a decir que nunca les he pasado eso  de auto-pillarse abriendo la nevera sin saber ni qué es lo que buscan y muchas de las veces sino todas, sin tener hambre.

Entonces, iniciando soltería forzosa nos escondemos en la comida, sea de sal o sean postres y comemos y comemos pensando que de pronto así,nos podremos recuperar de la perdida de nuestro adorado tormento. Por eso, cuando recién se acaba la relación, aparte de quedar desparchados especialmente aquellos que les gusta abrirse de todo el mundo cuando tienen pareja, la primera idea que inevitablemente llega a la cabeza es tomar trago. Los menos alcoholizados a jartar torta y helados y de ahí pa’  lante todo lo que aterrice en la mesa.

Fresas con crema, postres de las tres leches, brownies, panqueques con la miel de la tía Jemima, muffins, cucuruchos de 4 bolas, chocolatinas gigantes de chocolate negro, de chocolate blanco, con maní, con almendras, con arroz tostado, sin tostar, crudo, lo que sea, lo que venga calmará el mal de amores, en ultimas es lo que se piensa, eso sí en esta parte de la etapa aún no se le ocurre al abandonado o abandonada, recurrir al embellecimiento extremo pa´recuperar “lo que es de él” o “lo que es de ella”, ya cuando se le ocurre después de haberse disfrutado todas estas delicias, pues ni se diga.

Hago una aclaración, pa´los que les coge la tusa sin billete, pues acemas (entiéndase mogollas)  y gaseosa en la panadería, también  pancacho, galletas,  roscones, milhojas, polvorosas y una que otra berlina, churros, chicharronas u orejas.

Y así, transcurren  los días, las semanas, los meses, y los kilos van llegando, acomodándose en la cintura, en las caderas, en la barriga, en los brazos, en la cara y eso sí, a los más desfavorecidos se les crece la papada, hasta que un día sucede lo inevitable y para ese momento lo indeseado: ¡el encuentro con el adorado tormento!, entonces su reacción no se hace esperar y comenta en tono abatido y muy aterrado: “caramba como te has repuesto”, mientras que al abandonado o abandonada se le suben los colores al rostro y por dentro una vocecita le recuerda: “no era necesario haber jartado tanto, de amor nadie se muere, Romeo no murió de amor, murió envenenao…”

Por eso si de placeres culposos se trata, el peor es tratar de olvidar a alguien a través de tamales, chunchullo, bofe, marranitas, chuzos de búfalo, gaseosas, helados, tortas, cervezas, tequilas y una que otra empanada, porque al final de todo y aunque se sienta un fresquito, los kilos de más, la ropa nueva sin estrenar metida entre una caja y la mamertada de no salir con nadie porque se está obeso, son el precio más caro que hay que pagar.

Autor: Sandra García

Twitter: @Micro_Textos

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