Sobreviví a la primera vez

Sobreviví a la primera vez

Ilustración realizada por GABA

Ilustración realizada por GABA

Denglish a la colombiana

Hablando de sobrevivir, recuerdo cómo fue mi primera vez con el idioma germano, un septiembre hace 4 años. Si mi objetivo era andar de turista para visitar La Plaza de Odeón, el Allianz Arena, el Parque Olímpico y reírme de las borrachas y los borrachos del Oktoberfest, entonces valía chapotear inglés y aprender a decir danke o “zenkiu” (Entiéndase thank you con pronunciación alemana). Pero la turisteada me duró sólo unos meses cuando asumí que era por un año y medio que estaría aquí y con aspiraciones de realizar la práctica de la universidad y que ésto no valía a punta de denglish (combinación de alemán e inglés) ni de mis habilidades de comunicación corporal. Fue un tiempo donde cada vez me convencí más, de que aquí y en otro lugar del mundo, se sobrevive y se vive si se habla en el mismo idioma.

Aunque no tuve la suerte de aprender alemán en el colegio, ni tengo abuelos germanos, ni tampoco familiares más altos que los marcos de las puertas, sí he leído un par de libros de Eco, Süskind y sigo viendo cine alemán. Me gustaba el idioma, el problema era que no tenía ni la idea más preescolar sobre él. Llegué a Alemania y empecé a tomar mi curso intensivo en un pueblo de Baviera que no aparece ni en el mapa regional, (son sólo unas 20 casas, un cementerio y una estación de bus, lo demás, en ese octubre, era nieve sobre el verde de los campos que se perdían en mis ojos). Durante los dos primeros meses que inicié mi curso intensivo, ahí hablábamos en inglés, con dibujos y señas. Estábamos en el mismo nivel así que pena no me daba y si no me entendían, tampoco me preocupaba: fijo que ellos tampoco me entendían todo.  Hablar por teléfono, ¡por Dios!, era un castigo y escalofrío constante durante la conversación.  Lo evitaba, era como estar a oscuras y sola viendo toda las películas de Saw.

La comodidad no llegó muy lejos, la necesidad me exigió hablar alemán. Estaba enferma y en la única droguería que quedaba en el pueblo siguiente al mío no hablaban inglés, así que organicé con diccionario y libro del curso, las palabras claves, las frases con lo que padecía y lo que necesitaba; me preparé como si fuera el mismísimo examen de alemán nivel 1. Saqué mi papelito, terminé orgullosa, pero la alegría, como el pueblo, fue pequeña. La señora me contestó, creo que me explicó para qué era cada medicamento ¡y no entendía nada! Compré lo que me entregó y salí a toda prisa.

Las diligencias que nunca hice en las notarías, registradurías o alguna entidad pública colombiana, tuve que hacerlas aquí, y sí que entendí qué era letra menuda. Sobreviví a ser turista en tierra muniquense, al curso de alemán, terminé la práctica con éxito y sobreviví a mis propios temores. Hoy, otro septiembre 4 años después, puedo responder al teléfono, trabajar,  entenderme y conversar con ellos en el mismo idioma.

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