Todos los días la vida me derrotaba un poquito

Todos los días la vida me derrotaba un poquito

Ilustración realizada por Pedro Galvis

Ilustración realizada por Pedro Galvis

La que manda, manda, aunque mande mal

En las mañanas me despedía de mi perro y salía a trabajar convencido de que me estaba prohibido soñar cosas imposibles. No podría dedicar mi vida a la literatura. Senador Dupont aguardaba mi regreso en el balcón. No tenía consuelo la mirada que me dirigía al partir. Todos los días la vida me derrotaba un poquito.

En las noches salíamos a pasear hasta un campo de luciérnagas. Ese era el momento favorito de mi día. En ese instante tenía licencia para sonreír. Senador lo disfrutaba también. Corría como loco detrás de otros perros.

Al principio fingía cierto entusiasmo de trabajar en LA CORPORACIÓN. Llegaba faltando quince minutos para las ocho. Encendía el computador de mi jefe y el mío, elaboraba una agenda diaria, llamaba a los medios de comunicación, concretaba un par de citas, les avisaba a las psicólogas que saldrían en televisión en una entrevista para promocionar nuestro trabajo. Casi siempre me decían que no tenían tiempo. Entonces reprogramaba las citas, actualizaba el cronograma de actividades del mes, enviaba correos y recordatorios. Mucho después llegaba mi jefe. Se quejaba del trabajo y de los hombres. Pasaban horas y horas quejándose. Yo debía escucharla y reprimir los bostezos.

Por fin me encargaba alguna tarea. Casi siempre se trataba de una pendejada: acomodar tal y tal cosa en la cartelera institucional, revisar una presentación en Power Point, ajustar unas celdas de Excel que no le cuadraban. Pero creo que lo fundamental era esto: concederle la razón en todo.

–Sí, Vanessa. Los hombres somos una mierda –me veía obligado a decirle–. ¿Cómo es posible que tu esposo te haya abandonado, Vanessa? ¿Te fue infiel? No puede ser, Vanessa. Es increíble. ¿Y tu hijo cómo reaccionó? Bueno, al menos tiene la decencia de visitarlo. ¿Qué? ¿Pretende que lo trates como si nunca te hubiera dejado? Maldito descarado. ¿Y tú qué le dices? Eso está bien, eso está bien. No puedes ceder un segundo. ¿Intenta besarte? ¡Es un descarado! ¿Frente al niño? ¿Cómo alguien puede ser así?

Y un par de semanas después LA CORPORACIÓN se enteró por su boca que estaba embarazada. ¿De quién? Del desdichado de siempre. Fue lo peor. No quisiera ser injusto con las mujeres  inteligentes, pero… sus hormonas hablaban por ella. Lo juro. Era impredecible. No conocía los puntos intermedios. Había días en que estaba embriagada por una felicidad estúpida. Se reía por todo. Y otros días era tan, pero tan amarga…

Empecé a odiarla. ¿Y cómo no? Su gran sueño era encontrar un príncipe azul con una billetera generosa. Por Dios, mujer: ¡Cómo te hizo daño Disney World! Su barriga crecía y crecía y mi odio también. Hasta que llegó el punto en que no pude aguantarlo más y le dije las dos cosas que menos me molestaban de ella.

–Eres impuntual y además eres una persona muy desordenada.

Ese día se me acabó el mundo. Me dijo que era un atrevido, un grosero y un atrevido muy grosero y un grosero muy atrevido (su léxico es más bien escaso). También me dijo que era un atrevido. Y para ser francos, no me dijo nada, todo me lo gritó. Me caía el arroz en la cara mientras tanto, porque discutimos a la hora del almuerzo. Tuve que disculparme antes de ir al baño a limpiarme. Naturalmente nunca me perdonó.

¿Cuánto tiempo más podría sostener todo eso?

Llovió la última tarde que estuve en LA CORPORACIÓN y la tormenta derribó algunos viejos árboles. Fue una borrasca que contemplé tristemente desde la ventana de mi oficina y significó para mí una catarsis. Decidí largarme. Para despedirme le dije a Vanessa que ojalá tuviera una linda vida. Eso fue todo. Aunque debí putiarla.

Hace poco soñé algo perturbador: Vanessa y el pasado ministro del interior, Germán Vargas Lleras, hacían el amor enfrente de mis narices. Fue asqueroso. Tuve varias noches sin querer dormir. Luego entendí el significado de todo, pero no tiene la menor importancia. Ahora que estoy desempleado puedo pasar más tiempo con Senador Dupont y todas las noches salimos a cazar luciérnagas.

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