Una mala suerte anunciada

Una mala suerte anunciada

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Viajando en transporte público

4 de la mañana. La alarma del celular suena. Es un lunes cualquiera de un mes cualquiera. Intento abrir los ojos pero los párpados me pesan toneladas. Enroscado en cobijas decido regalarme “cinco minuticos mientras me el pecado placentero quinto sueño. bien: Continúo Martina García acaramelados. Pero de repente, se aloja en la parte me grita que recuerda
la cita importantísima que tengo a las ocho de la mañana en el sur.

¡Mier… debo irme en bus!

5 de la mañana. Veinte personas y yo aguardamos desesperadas en el paradero la llegada de la buseta que nos lleve a nuestro destino. Una viene con gente hasta en las llantas y tres tipos que están junto a mí se lanzan a ella sin esperar a que se detenga cayendo en la puerta con una agilidad digna de malabaristas del Cirque Du Soleil

Ante el desespero de diez intentos fallidos por abordar la buseta decido irme en Jeep, un transporte “sui generis” de las laderas de Cali. Como no hay lugar dónde ubicarse en el vehículo me toca que irme colgado en la parte de atrás, sujetándome únicamente de la parrilla del techo. En ese momento recuerdo el estribillo de aquel famoso melomerengue:

“Tengamos paciencia hermanos pa’qué no nacimos ricos tenemos que transportarnos colgados como unos micos”.

6 de la mañana. Estación San Bosco. Más de cincuenta personas se agolpan en la salida de las rutas T31 y E21 que van hacia el sur. El tablero luminoso que está en el techo y que avisa la llegada del bus articulado, hace una hora está informando que a dicho vehículo le faltan dos minutos para su arribo. Como era de esperarse, llega repleto de seres humanos que como fichas de tetris lograron acomodarse en el escaso espacio. Luego de empujones, pisotones y uno que otro roce de genitales en mi trasero, logro abordar la famosa ruta T31, no sin antes amarrarme el maletín al cuello para evitar raqueteadas. Las puertas se cierran y el confi namiento hace que por fi n yo entienda los sentimientos de las sardinas enlatadas o las salchichas Viena. Pero el sufrimiento continúa, cuando a mi lado se ubica el infaltable caballero de sobaco radiactivo, que con los brazos arriba despide un nauseabundo aroma de sudor trasnochado mezclado con jugo de maracuyá.

7:10 de la mañana. El MIO me deja a 67 cuadras de mi destino. Me fi gura abordar buseta. Pongo la mano a una y por suerte va medio vacía. Me hago en la parte de atrás, en un asiento
tan pequeño que las rodillas me quedan en la cara. El maldito vehículo se llena y la típica frase del chofer hace su aparición: “córransen, que atrás hay espacio”. Pasadas dos manzanas, tres tipos de apariencia no amigable dicen que van a rapear mientras nos venden sus galletas wafer de 500 que para nuestra mayor economía nos ofertan 3 en 1.000. Me toca darles 5 mil porque ese rap titulado “qué lindo es trabajar y no apuñalar” me llega al alma.

¡Mier… me pasé!

7:55 de la mañana. Le he puesto la mano   a veintidós taxis y ninguno se detiene. Voy tardísimo. Por fin uno me hace la caridad y me recoge. Ya dentro, el conductor pone a todo taco Olímpica Estéreo. Luego, entrado en confianza me relata lo difícil que es el oficio de taxista: Que le toca trasnochar; que tiene una hija que se llama Yisney Sayuri, -a la que por fin le dieron cupo en el Sena- y no me deja bajar hasta que no termina su historia de su paso por el Ejército. Me cobra 15 mil pesos. Perro. 8:31 de la mañana. La señora de la cita me recibe sorprendida. Le ofrezco disculpas por la tardanza y le explico mi tragedia. Me escucha atenta; me dice que no me preocupe. Luego, echa una sonora carcajada. 9:00 de la mañana. Paradero del MIO. Malgenio a flor de piel. Tarde me doy cuenta de que la cita no era para hoy lunes… ¡Era para el martes!

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