Visa por un sueño eterno, Crónica de un inmigrante

Visa por un sueño eterno, Crónica de un inmigrante

cronica-visa-2

 

 

El picante sol capitalino acompañado de una brisa seca y fría quemaba a quienes impacientemente aguardábamos por nuestro turno. Una tensa calma se respiraba en el ambiente. Los contrastes estaban a la orden del día:  muchos sacos y corbatas que a leguas se notaba que eran prestados, algunas con el pelo mal planchado y maquilladas con Yanbal, L’bel, Avon y demás baratijas de catálogo; caras de chequeras gordas, fenotipos que sugerían abolengos extranjeros y sobriedad en el vestir como sinónimo elegancia. Aunque las diferencias entre unos y otros resultaban evidentes, todos estábamos ahí parados por lo mismo: pedirle a los gringos que nos dejaran pisar la tierra del Tío Sam.

 

En la fila previa a la cita para solicitar la visa estadounidense se encuentra una micro Colombia, gentes de todos los rincones del país con angustias y aspiraciones de todo tipo: familias que se muerden los codos por ponerse las orejas de Mickey y posar para la foto frente al MagicKingdom, modelitos/presentadoras/actrices que van en busca de concretar “proyectos que están andando”, arribistas de clase media que están dispuestos a empeñar su alma al diablo con el fin de traer del norte ropa barata de marca y una infinidad de objetos innecesarios para presumir de sofisticados; ansiosos adultos mayores que se encomiendan al Sagrado Corazón de Jesúspara que se les haga el milagrito de visitar a los familiares que no ven desde que aquellos decidieron partir en busca del americandream, desesperados desempleados que con mentiras en el formulario DS-160 pretenden convencer al funcionario consular que no se van a quedar de frijoleros… Y así, una infinidad de historias esperan un feliz desenlace.

El 15 de abril de 2012 el presidente de los Estados Unidos de América, Barak Obama, en el marco de la clausura de la  VI  Cumbre de las Américas (Sí, en esa misma que el poder de una vagina colombiana burló el hermetismo del Servicio Secreto) anunció que a partir de la fecha las visas de turismo y negocios solicitadas por colombianos tendrían una vigencia de cinco años más, es decir de diez años en total.

El incremento de las solicitudes no se hizo esperar, el número de aspirantes subió considerablemente. Según datos de la Embajada Americana en Colombia, diariamente se atienden en promedio 2.500 solicitudes. No solo se amplió el periodo de vigencia de la visa sino también se optimizó el proceso de selección para otorgarlas, lo cual se tradujo en un incremento significativo de visas aprobadas; Jeff Allen, Cónsul de Estados Unidos en Colombia, afirmó al periódico El Tiempo el pasado 10 de diciembre de 2013 que en ese año la tasa de aprobación de visas pasó del 75% al 85%. Al menos las cifras oficiales dejan un parte positivo.

Puedo decir que la afirmación del cónsul es coherente con lo que a simple vista se puede percibir. Mientras esperaba mi turno en la fila, la mayoría de los que salían de la ansiada cita lo hacían sonrientes, como si hubiesen logrado una quijotesca hazaña.

La incertidumbre de quienes en la espera improvisábamos un parasol con los documentos que demostraban nuestras buenas intenciones de visitarla tierra de  Andy Warhol, Michael Moore y Noam Chomsky, contrastaba con los rostros de satisfacción de quienes salían triunfantes pues resultaban “aptos” para pisar suelo norteamericano. Del mismo modo hacían parte del paisaje las caras largas y algunas lágrimas de los que no resultaron favorecidos por la gracia de los sobrinos del Tío Sam.

Entre los cientos de colombianos que hicimos la fila en la mañana del 31 de marzo de 2014,  se encontraba Jhon Wilmer Chitiva. Su aspecto era totalmente distinto al de los demás: resultaba evidente que su condición económica no era la mejor, su piel testificabalas largas y extenuantes jornadas de trabajo bajo la inclemencia del sol, sus ojos veían sin mirar y su manera de hablar daba cuenta de su elemental nivel educativo: “hermano yo no voy a la USA de turista ni a camellar de ilegal, tengo un hermano allá que tiene cáncer terminal y su última voluntad es verme. Al Wilson lo quieren mucho en el barrio que vivo,  Estrella del Sur (localidad Ciudad Bolívar) y por eso entre los vecinos y mi familia hicimos empanadas, tamales, fritanga y un resto de vainas pa’ levantar el billete pa’ pagar esta cita y así poder cumplirle la última voluntad a mi hermanito, quien quita que eso le sirva pa’ que se mejore”. Bien dice el adagio popular que lo mucho de pocos siempre será poco pero lo poco de muchos siempre será mucho.

Jhon Wilmer no tiene un certificado laboral porque trabaja como ruso, no cuenta con extractos bancarios ni mucho menos propiedades. Su único patrimonio es la solidaridad de su gente y la fe que le profesa al Divino Niño del 20 de julio.

Luego de pasar los controles de seguridad nos encontrábamos dentro de la embajada. Después de  un par de tramites de rigor,esperamos  sentados el momento decisivo. Ahí me contó que su hermano había desarrollado cáncer en el estómago porque se alimentaba de los sobrados que botaban en el restaurante chino en el que trabajaba como aseador. Lo que ganaba lo destinaba a medio sobrevivir en Boca Ratón y cada que podía arañaba unos dólares para enviarlos a su esposa de 20 años de edad y sus tres hijos que hacen maromas en La Estrella del Sur para no morir de hambre.

Llegó el turno. Se echó la bendición y besó su escapulario del Divino Niño. —Ojalá no me hable en inglés la gringa esa— me dijo. Tímidamente se acercó a la ventanilla, alzó la bocina para comunicarse con la funcionaria consular que estaba frente a él detrás de un vidrio blindado y empezó a responder las preguntas que aquella le hizo. Desde mi ubicación podía ver el gesto de negación hecho con la cabeza por la funcionaria, Jhon Wilmer manoteaba y yo solo alcanzaba a escuchar: “doctora mi hermano se está muriendo, tenga piedad por favor. Yo soy pobre pero honrado”. Ante la negativaJhonWilson colgó con furia la bocina, le dio un manotazo al mostrador, tiró al suelo el papel en el que le decían las razones por las que le negaron la visa y se fue llorando no sin antes exclamar: ¡Gringos de mierda!

Autor: Hugo Correal

Twitter: @hugocorreal

Ilustración: Nathalia Gómez

Correo: nathalia.g9274@gmail.com

Sección: Crónica

 

Comments

comments