Yo me llamo…

Yo me llamo…

Soñar ser como alguien más, un ídolo, es una fantasía común. Quién no ha querido ser como Superman, por ejemplo,  andar con los calzoncillos por fuera y sin embargo ser admirado y querido por todos. Quién no ha soñado ser como H.G Wells y tener una máquina del tiempo y corregir todas esas embarradas o momentos incómodos que nos han sucedido en el pasado. Cuánto no le hubiera servido esa maquinilla, a la señorita Antioquia…sí a esa de mujer con mujer y hombre con hombre. Ser alguien más nos trastorna. Vivir la fantasía de una vida que no nos corresponde nos llena de una alegría casi tonta:” y si yo fuera como  Gene Simons, no mejor como Ozzy Osbourne, no mejor como… ¡Hugh Hefner!”

Nos pasamos la vida poniéndonos los calzoncillos por fuera del personaje de Shuster y Siegel, viviendo en un futuro que tal vez no sea, sacando la lengua hasta el mentón, mordiéndole la cabeza a cuánto murciélago se nos atraviesa, o tirándonos…mejor paro acá. Qué pasa con ese individuo que se levanta en las mañanas con un aliento de carcajada de oso, con unas lagañas de medio kilo en cada ojo y una maraña de pelo adornándole la cabeza. Individuo que se parece mucho a usted cuando se mira en el espejo,  se ríe igualito, le parecen tontas casi las mismas cosas, tiene sus mismos papás y hermanos, mejor dicho, comparte toda su familia, hasta su novia o novio ( sí es que tiene). La persona que está al otro lado del espejo, muy a su pesar, es usted.

La realidad nos da una patada en el trasero. ¿Ese que está ahí soy yo? Sí.  Pero tranquilo, usted sigue siendo usted, una persona singular entre las 6700 millones de personas que habitan el mundo. Entonces no tiene la necesidad de pretender ser alguien más. Qué chiste sería ser alguien que ya está, un clon de otra persona, una sombra, un chicle pegado en la suela del zapato, un fantasma. Para qué ser otro, cuando usted ya es (no sé qué sea, pero ya es).

Podemos soñar, el sueño es divertido. Es un ejercicio mental interesante. Pero no podemos quedarnos en el sueño de otros, en pretender ser otro. Hay que defender al lagañoso despelucado que llevamos dentro, así no nos guste.

Las copias no valen tanto como los originales, sino fuera así, los artistas estarían quebrados. Pretender ser uno mismo, es complicado, pero no imposible. Hay que dejar salir a la bestia original y acabar con tantas ideas obtusas que hemos copiado o que un “clon” nos dijo por ahí. Opinar cuando se nos dé la gana, dejar el miedo de levantar la mano, al ridículo, al qué dirán, a romper el molde de la fábrica absurda de muñecos de carne y hueso, a ser y no pretender ser. Por eso hoy yo me llamo: YO

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